La
necesidad humana de tener una referencia material, un signo, un símbolo o una
imagen a la que atenerse en el mundo espiritual de la fe, ha hecho que en el
cristianismo, y especialmente en el catolicismo hayan prosperado las imágenes
representativas del Jesús inasible, de la Madre de Jesús y de la nube de testigos
de la historia a los que la comunidad de la Iglesia ha declarado santos.
Es
esa misma necesidad la que ha hecho a los seres humanos, utilizar los ritos
sagrados u ofrecimiento de sacrificios para tener algo material a lo que
atenerse a la hora de establecer una “relación” con lo divino. La invisibilidad
de todo lo espiritual, la imposibilidad de que esas realidades inmateriales
puedan exteriorizarse ha llevado a establecer una serie de ritos, gestos,
oraciones, a levantar templos, altares, etc. como una forma de “materializar”
la invisibilidad de lo divino intentando hacerlo de la forma más sublime.
En
el evangelio dice Jesús: Donde están dos
o tres reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos.(Mateo 18, 20).
Pero, claro, esa presencia es inasible, invisible, no hay dónde agarrarse, sólo
un acto interior consciente que quiere ratificar esa presencia. Pero Jesús dice
claramente “allí estoy yo”.
En
Mateo 25, en esa parábola maravillosa del verdadero juicio, Jesús llega a decir:
Lo que hicisteis con uno de estos pequeños, necesitados, hambrientos, desnudos
o enfermos… “conmigo lo hicisteis”. Ateniéndonos
a sus palabras no sólo él está allí realmente, sino que lo que nosotros estamos
haciendo lo estamos haciendo con él, para él, en presencia de él. Aquí si hay
una realidad a la que asirse, pero su aspecto no nos deslumbra ni nos
sorprende, al revés, nos hace sentir compasión ante un espectáculo deprimente y
necesitado. Es difícil percibir a Jesús en la carne dolida del otro, en los harapos
del desnudo. Hace falta la mirada profunda de una Teresa de Calcuta o de un
Juan de Dios, de un Francisco de Asís, de un Pedro Claver o un Padre Damián
para percibir esa presencia de una forma natural, sin sofisticación ni
pretensión autocomplaciente.
También
en la última Cena, después de pronunciar la bendición sobre el pan, lo da a los
discípulos afirmando: Tomad y comed, porque Esto es mi cuerpo* que se entrega
por vosotros”
Desde
ese momento la comunidad entiende que existe una identificación del pan que se
reparte con el cuerpo entregado de Jesús y una identificación también del vino
que se da a beber, con la sangre de Jesús que se derrama, como ocurría con la
sangre del cordero que se sacrificaba en la Pascua…
Este
hecho que Jesús quiso expresamente que fuera un recordatorio permanente, (haced
esto en memoria mía), un memorial que volvería a hacer presente ese gesto
inmenso de la entrega hasta la muerte y esa donación plena de la vida (cuerpo y
sangre), nunca desvinculado ni del compromiso con el servicio humilde como
principio de comportamiento humano (el llamado lavatorio de los pies) ni
separado de aquel mandamiento nuevo de “amaos unos a otros como yo os he
amando” como señal de ser sus seguidores.
Era
evidente, como señala González Faus que la repetición de aquellos gestos de
Jesús se convierten en un memorial subversivo, pues la muerte de Jesús se
produjo como consecuencia de la vida y las palabras de este Hombre, confrontado
con todo el “aparato” religioso que se sostenía a través del templo, el culto y
mediante el poder sacerdotal. Fueron esos poderes quienes le llevan a la muerte.
Me
he parado en este valor peculiar de la eucaristía, porque he querido destacar
sus aspectos dinámicos, celebrativos y de compromiso solidario. Me llama la
atención –por su belleza y por su múltiple significación- el pasaje de los discípulos
que huyen de Jerusalén a Emaús. Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre allí
estoy yo en medio de ellos; así era, pero ellos no le reconocieron aunque iba con ellos por el camino. (Bien es verdad
que algo se les iba avivando en el
corazón mientras les desvelaba las escrituras) Pero curiosamente puestos a la
mesa le reconocieron en aquel gesto que ya empezaba a formar parte del
inconsciente colectivo en la comunidad, aunque sólo había sucedido una vez. Tal
fue sin duda el impacto que causó a los discípulos en la última cena, que bastó
aquel gesto de bendecir y partir el pan para que pudieran decir. “Es Él”.
Pero
en este formato de presencia real vinculado al “partir el pan”, se ha prestado
a cosificar la realidad del pan o del vino para hacerlos presencia real bajo lo que hemos llamado
apariencia de pan. La palabra species,
del latín, significa precisamente forma
exterior, apariencia, aspecto, lo que se ve superficialmente, y precisamente
por eso, visible, palpable.
Por
eso mismo, porque esa “presencia” es totalmente visible y perceptible, hemos
depositado en ella todo el simbolismo del gesto de Jesús… Pero no compartimos
con él la humildad de su ejemplo permanente:
Este
es un dato más en la kenosis (vaciamiento de Dios) que “despojado de su rango,
desnudo de toda apariencia de grandeza, se hizo en todo semejante a nosotros”. Así
lo recuerda Pablo en la carta a los Filipenses 2,6-8:
Cristo,
a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.
Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.
Para
expresar su presencia, a Jesús le bastaba un poco de pan, la compañía de los
hermanos, la cercanía a los pobres. Pero nuestra tendencia exaltante, contra
los designios de nuestro Dios, ha sido desprestigiar la grandeza de los signos
sencillos; y para darles apariencia de grandeza y honor, los hemos rodeados de
oro y plata (los viles metales por los que el mundo está perdido) creyendo que
así lo colocamos en “su sitio”, le damos la “gloria” que merece, lo exaltamos
para que ya no sea la apariencia sencilla y pobre del pan la que destaque, sino
la riqueza asombrosa de la custodia, la exuberancia de las piedras preciosas,
el perfume de las flores y el humo del incienso.
Haber
rodeado esta humilde presencia de Jesús (bajo apariencia de pan y vino) con la
grandeza barroca de lo llamativo, y de lo menos humano (el brillo la
apariencia, el oro, la plata, las piedras preciosas etc.) ha podido servir para
resaltar una presencia de Jesús que se aparta de la sencillez de sus caminos
(vende lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme).
Es
hora de despojar de artificio la sencilla presencia de Jesús para descubrir que
no hay sagrario, por muy de oro y plata que sea donde podamos “encerrar” a
Jesús, porque está presente en el pan que se comparte, en la ayuda que prestas
al caído y en medio de la comunidad de sus seguidores aunque no sean más que
dos o tres. Puede que como a los que huían a Emaús, aunque Jesús camine a su
lado su ceguera les impida reconocerlo. Por eso una y otra vez será necesario curar
nuestra manera de mirar, porque no se ve bien sino con el corazón, porque lo
esencial (aun rodeado de brillo) es invisible a los ojos.
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*¿No habría que decir más bien “este es mi cuerpo”? Curiosamente cuerpo
–soma en griego y corpus en latín- son palabras de género neutro y conciertan
con el demostrativo, “esto” en neutro. En Mateo por ejemplo en que aparece
también el texto “esta es mi sangre” (touto
gar estin to haima mou, sangre en griego también es neutro), la traducción normal
no es porque esto es mi sangre -concertando en género el demostrativo-, sino
esta es mi sangre, cosa que no ocurre al referirse al Cuerpo, al menos en la celebración
de la Eucaristía