De aquella colección El credo que ha dado sentido a mi vida conservo aún “Yo creo en la esperanza” de Díez Alegría, “Creo…” de José María Llanos, “¡Ay de mí si no evangelizare!” de un tercer José María, González Ruiz.
Pero hay una pequeña obra de Díez Alegría que la conservo, hecha ya casi una baraja; es aquella “Teología en broma y en serio” donde hacía un guiño a Dios quitándole aquella cara de acritud y mal genio con que la teología y sobre todo la teología moral nos dibujaba a nuestro Dios creador de ser humano.
Han pasado muchos años desde aquel libro y aquellos pensamientos relacionados con la teología del concilio Vaticano II. La edición que poseo es de 1975. No sé si José María Díez Alegría se ha marchado a la casa del Padre creyendo aún en la esperanza, por lo menos de tejas abajo.
Por mi parte diría algo de lo que dije de Saramago. Hombres así los necesita el mundo y en este caso hasta la Iglesia, que al parecer se está quedando sin los luchadores, porque después del Vaticano todo ha sido devaluar y devaluar, apagar y apagar, desilusionar una y otra vez a los fieles que piensan… Y estaremos de aquí a poco, echando de menos a estas figuras de peso que estuvieron encendiendo luces en el panorama todavía oscurantista y resistente de la Curia vaticana durante el Concilio Vaticano II y que además arriesgaron algo de sí mismos para abrir de par en par las puertas a al verdadera Luz.
Hoy se está abandonando una fe comprometida en el evangelio de Jesús por una comunidad en la que lo más primario es la aceptación teórica de verdades y afirmaciones y donde lo cultual y lo sacramental adquieren un cariz de absoluto.
El cristianismo no es una creencia sino una existencia, no es un pensar sino un vivir, no es una teoría sino una praxis. Y no otra praxis que la de Jesús plasmada en las bienaventuranzas y el sermón de la montaña sobre todo.
Gracias, Díez Alegría por tu testimonio, tu entrega y tu luz. Con ésta última hemos alumbrado el camino no pocos amigos, compañeros y seguidores del Maestro.
A pesar de todo también yo sigo creyendo en la esperanza.
domingo, 27 de junio de 2010
lunes, 21 de junio de 2010
Saramago: Nada menos que todo un hombre
Como no me he leído más que una parte insignificante de su obra, no puedo hablar demasiado de su literatura; como no le conocía personalmente ni hago viajes a los santuarios personales de las letras, tampoco puedo referirme a él con detalles de amistad o relación personal.
A este tipo de personas lo definió muy bien, hace poco en su columna, Manuel Vicent como “gente con clase” gente que destaca en medio de una lamentable mediocridad general, gente que sobresale, no por el dinero, el poder o la fama, sino por la enorme estatura de su condición humana y su prestigio, coherencia y autoridad personal.
Lo que siempre me ha llamado la atención tanto en sus intervenciones públicas como en lo que he leído en breves artículos suyos y entrevistas, es la profundidad de un ser humano comprometido con las causa del hombre, con la causa de la paz, con la causa de la justicia; crítico tanto con el sistema económico como el político. Y con la religión, que siempre entendió que hacía un análisis parcial y sesgado de sus fundamentos, y que había perdido en parte el horizonte humano de su sentido.
Comparto con él esa perspectiva crítica, en el sentido tan evidente y claro con que hablaba Raimon Panikkar, quien por una parte afirmaba que el auténtico pensamiento no sigue los caminos, sino que los crea, lo cual, en cierto modo, destruye la ortodoxia como una clave para elaborar los pensamientos. Saramago fue maestro en este sentido, tanto en la creación literaria como en la elaboración del pensamiento crítico.
Pero por otra parte, R. Panikkar, afirma que -hablando ahora en términos religiosos- el fin de toda revelación divina y el proyecto salvador de Dios tiene por objetivo al ser humano, al hombre. Toda la actividad “salvadora” de las religiones es la liberación y la salvación, la elevación, la iluminación y la felicidad del hombre.
Pero al parecer la tendencia de las “instituciones religiosas” consiste en el encumbramiento de Dios, al que parecen retratar como un ser ególatra, que espera la alabanza de todos, la adoración, la veneración y el sometimiento. Es evidente para otras personas que intentamos “percibir” los mensajes sin el cauce estrecho de la interpretación dogmatizada, acabamos intensificando la dimensión “humanista y humanitaria” de la religión por encima de las especulaciones dogmáticas sobre el Dios inaccesible.
En ese sentido me ha gustado siempre Saramago. Su preocupación es el ser humano, en todas las dimensiones en que hay que tratar de elevarlo hasta alcanzar su dignidad. De ahí su preocupación –como un comunista libre- por todas las tragedias que sufren los humanos y por todas las injustitas que el propio hombre perpetras, confirmando el viejo dicho de que el hombre es un lobo para el hombre.
Se nos ha ido una inteligencia preclara, un hombre honesto y referente ético en un planeta sembrado de hipocresía, de mentira y de corrupción; se nos ha ido un hombre comprometido social y políticamente, un hombre libre y un campeón también de la literatura.
Todo librepensador y todo pensador crítico encontrará sin duda rechazo, condena y desprecio de quienes se dejan conducir, se dejan manejar, y venden la inquietante libertad de pensamiento por una “tranquilidad de conciencia” para no complicarse la vida.
Adiós, José Saramago, el mundo se ha queda un poco más pobre desde este 19 de junio de 2010.
A este tipo de personas lo definió muy bien, hace poco en su columna, Manuel Vicent como “gente con clase” gente que destaca en medio de una lamentable mediocridad general, gente que sobresale, no por el dinero, el poder o la fama, sino por la enorme estatura de su condición humana y su prestigio, coherencia y autoridad personal.
Lo que siempre me ha llamado la atención tanto en sus intervenciones públicas como en lo que he leído en breves artículos suyos y entrevistas, es la profundidad de un ser humano comprometido con las causa del hombre, con la causa de la paz, con la causa de la justicia; crítico tanto con el sistema económico como el político. Y con la religión, que siempre entendió que hacía un análisis parcial y sesgado de sus fundamentos, y que había perdido en parte el horizonte humano de su sentido.
Comparto con él esa perspectiva crítica, en el sentido tan evidente y claro con que hablaba Raimon Panikkar, quien por una parte afirmaba que el auténtico pensamiento no sigue los caminos, sino que los crea, lo cual, en cierto modo, destruye la ortodoxia como una clave para elaborar los pensamientos. Saramago fue maestro en este sentido, tanto en la creación literaria como en la elaboración del pensamiento crítico.
Pero por otra parte, R. Panikkar, afirma que -hablando ahora en términos religiosos- el fin de toda revelación divina y el proyecto salvador de Dios tiene por objetivo al ser humano, al hombre. Toda la actividad “salvadora” de las religiones es la liberación y la salvación, la elevación, la iluminación y la felicidad del hombre.
Pero al parecer la tendencia de las “instituciones religiosas” consiste en el encumbramiento de Dios, al que parecen retratar como un ser ególatra, que espera la alabanza de todos, la adoración, la veneración y el sometimiento. Es evidente para otras personas que intentamos “percibir” los mensajes sin el cauce estrecho de la interpretación dogmatizada, acabamos intensificando la dimensión “humanista y humanitaria” de la religión por encima de las especulaciones dogmáticas sobre el Dios inaccesible.
En ese sentido me ha gustado siempre Saramago. Su preocupación es el ser humano, en todas las dimensiones en que hay que tratar de elevarlo hasta alcanzar su dignidad. De ahí su preocupación –como un comunista libre- por todas las tragedias que sufren los humanos y por todas las injustitas que el propio hombre perpetras, confirmando el viejo dicho de que el hombre es un lobo para el hombre.
Se nos ha ido una inteligencia preclara, un hombre honesto y referente ético en un planeta sembrado de hipocresía, de mentira y de corrupción; se nos ha ido un hombre comprometido social y políticamente, un hombre libre y un campeón también de la literatura.
Todo librepensador y todo pensador crítico encontrará sin duda rechazo, condena y desprecio de quienes se dejan conducir, se dejan manejar, y venden la inquietante libertad de pensamiento por una “tranquilidad de conciencia” para no complicarse la vida.
Adiós, José Saramago, el mundo se ha queda un poco más pobre desde este 19 de junio de 2010.
martes, 1 de junio de 2010
Las incomprensibles contemplaciones con Israel
Una tras otra, uno ve las actuaciones de Israel y su estrategia de destrucción del pueblo palestino, de manera que hay que pensar que tiene razón la autora norteamericana Susan George, quien en su libro “El pensamiento secuestrado” denuncia las posiciones de los neo-con y, a propósito de las religiones, y concretamente sobre Israel afirma que tiene un propósito final irrevocable: recuperar en toda su extensión “la tierra prometida” por Yaveh para el “pueblo elegido”.
No me cansaré de repetir una y mil veces que las religiones no pueden por menos de hacerse un auto-examen y una autocrítica respecto de la seguridad con la que dicen conocer los designios, los proyectos, la voluntad y las palabras de su dios. Esta aberración ha conducido a todas ellas en algún momento de su historia y (mutatis mutandis) en la actualidad, a llevar a cabo en nombre de su dios o su Dios, verdaderas tropelías antihumanas.
Y si algo debe significar, al menos para un creyente cristiano, la fe en Dios, no puede ser otra cosa que un verdadero servicio, y amor al ser humano no su rechazo, inmisericorde en nombre de una Ley (de la que –según san Pablo- ya fuimos liberados) para tener como pauta de vida una actitud de amor que arranca en la tolerancia, sigue en el respeto, continúa con la comprensión y acaba en el amor desinteresado y benevolente.
Y todo esto a propósito del acto de terrorismo de Israel contra la flotilla de la libertad, que al margen de otras consideraciones, no puede ni ser atacada en alta mar, donde Israel no tiene jurisdicción ni dentro de su jurisdicción puede hacerlo arbitrariamente y sin causa justificada.
Pero, como siempre, como tras aquella condena sobre el ataque –regalo de navidad- de Israel sobre Gaza con resultado de centenares de civiles muertos entre ellos unos trescientos niños, la comunidad internacional grita tres días y al cuarto se calla y se hunde en el más vergonzante de los silencios, y se abren investigaciones, y se estudian las condiciones del suceso y se…. Menos abrir las cajas negras de las sucias intenciones israelíes, pues nunca son analizadas.
Los embajadores dan una explicación llena de mentiras y falsos sentimientos de víctimas que ya está bien.
La gente ya ha dicho basta, pero ¿qué hace la comunidad internacional, los estados, la ONU, el Consejo de seguridad, dictando resoluciones que Israel se pasa –como se ha pasado todas las anteriores- por el forro de sus armas?
Son los verdaderos provocadores en estas situaciones y sin embargo nos quieren hacer ver todo lo contrario. Pero bueno, ¿estamos tontos?
¿Hasta cuando? El Estado español ya se encargó de limitar las posibilidades de ejercer la justicia global para otro caso con Israel.
Pero, por Dios y por todos los santos, ¿cuándo vamos a dejar de proteger a estos impresentables sionistas? ¿Cuando vamos a tener el valor de denunciarlos ante la corte internacional y que los lleven también a ellos como fueron llevados los autores del holocausto por crímenes contra la Humanidad? ¿Qué número de muertos, palestinos o no, habrá que poner sobre la mesa para que de una vez por todas, quien tenga que tomarla, tome una decisión ejemplarizante?
Siento rabia.
1 de junio de 2010
No me cansaré de repetir una y mil veces que las religiones no pueden por menos de hacerse un auto-examen y una autocrítica respecto de la seguridad con la que dicen conocer los designios, los proyectos, la voluntad y las palabras de su dios. Esta aberración ha conducido a todas ellas en algún momento de su historia y (mutatis mutandis) en la actualidad, a llevar a cabo en nombre de su dios o su Dios, verdaderas tropelías antihumanas.
Y si algo debe significar, al menos para un creyente cristiano, la fe en Dios, no puede ser otra cosa que un verdadero servicio, y amor al ser humano no su rechazo, inmisericorde en nombre de una Ley (de la que –según san Pablo- ya fuimos liberados) para tener como pauta de vida una actitud de amor que arranca en la tolerancia, sigue en el respeto, continúa con la comprensión y acaba en el amor desinteresado y benevolente.
Y todo esto a propósito del acto de terrorismo de Israel contra la flotilla de la libertad, que al margen de otras consideraciones, no puede ni ser atacada en alta mar, donde Israel no tiene jurisdicción ni dentro de su jurisdicción puede hacerlo arbitrariamente y sin causa justificada.
Pero, como siempre, como tras aquella condena sobre el ataque –regalo de navidad- de Israel sobre Gaza con resultado de centenares de civiles muertos entre ellos unos trescientos niños, la comunidad internacional grita tres días y al cuarto se calla y se hunde en el más vergonzante de los silencios, y se abren investigaciones, y se estudian las condiciones del suceso y se…. Menos abrir las cajas negras de las sucias intenciones israelíes, pues nunca son analizadas.
Los embajadores dan una explicación llena de mentiras y falsos sentimientos de víctimas que ya está bien.
La gente ya ha dicho basta, pero ¿qué hace la comunidad internacional, los estados, la ONU, el Consejo de seguridad, dictando resoluciones que Israel se pasa –como se ha pasado todas las anteriores- por el forro de sus armas?
Son los verdaderos provocadores en estas situaciones y sin embargo nos quieren hacer ver todo lo contrario. Pero bueno, ¿estamos tontos?
¿Hasta cuando? El Estado español ya se encargó de limitar las posibilidades de ejercer la justicia global para otro caso con Israel.
Pero, por Dios y por todos los santos, ¿cuándo vamos a dejar de proteger a estos impresentables sionistas? ¿Cuando vamos a tener el valor de denunciarlos ante la corte internacional y que los lleven también a ellos como fueron llevados los autores del holocausto por crímenes contra la Humanidad? ¿Qué número de muertos, palestinos o no, habrá que poner sobre la mesa para que de una vez por todas, quien tenga que tomarla, tome una decisión ejemplarizante?
Siento rabia.
1 de junio de 2010
martes, 23 de febrero de 2010
Encubridores
Acabo de ver un vídeo sobre los crímenes de lesa humanidad cometidos el año pasado en Gaza por esos miserables Sionistas, bombardeando indiscriminadamente, utilizando armas químicas prohibidas, masacrando a conciencia a un pueblo desarmado, salvo cuatro exaltados; (compárense más de 1.300 víctimas palestinas frente a menos de una decena entre los israelíes, eso lo dice todo).
Acabo de recordar que nuestro diligente gobierno modificó los términos de la ley de justicia universal para poder preservar de denuncia o imputaciones a los masacradores israelitas. Recuerdo también que la comunidad internacional, discutiendo los 25 (por decir algo) misiles caseros de Hamás, dejaba entrever su connivencia con la apisonadora israelí que fue perdonada incluso de haber bombardeado centros de Naciones Unidas, almacenes de alimentos, hospitales y haber arrebatado la vida a centenares de niños…
Lo peor de todo es que esa función de encubridores de crímenes de guerra de gente que son los victimarios de una persecución y de la cual hablan en términos de shoad (holocausto) no se dan cuenta que están repitiendo con el pueblo palestino la misma tragedia de la que los nazis los convirtieron a ellos en víctimas.
Todavía otra cosita más. Desde hace unos días se habla de “castigar” al juez Baltasar Garzón por el enorme atrevimiento de plantear hacer alguna justicia a las víctimas del franquismo, (que no dejó de ser una bomba con efectos retrasados desde el momento en que se quiso enterrar la historia baja la mesa de los padre de la constitución en la llamada transición ejemplar) y que, en parte, fue también una traición a la memoria y a los legítimos seguidores de la república.
Vale que en 1975 los tiempos eran demasiado complejos para ello, pero ahora nadie debería extrañarse de que se reivindique la memoria de víctimas de una dictadura que actuó con alevosía y zaña inauditas para acabar con los opositores a un sistema copia del más puro de los fascismos.
Como ya se decía en plan de chiste aquí todos somos iguales, pero hay unos más iguales que otros y esos al parecer siempre son los ¨”grandes”: Franco, Israel… o Estados Unidos cuando viene al caso.
Quizás convenga quitarse ya las caretas de tanta hipocresía y dar la verdadera cara por las verdaderas causas justas, caiga quien caiga.
La suspensión de Garzón sería la gota que colma el vaso… Aunque soy consciente de que no conozco los entresijos del asunto… Pero como todo es igual…
Acabo de recordar que nuestro diligente gobierno modificó los términos de la ley de justicia universal para poder preservar de denuncia o imputaciones a los masacradores israelitas. Recuerdo también que la comunidad internacional, discutiendo los 25 (por decir algo) misiles caseros de Hamás, dejaba entrever su connivencia con la apisonadora israelí que fue perdonada incluso de haber bombardeado centros de Naciones Unidas, almacenes de alimentos, hospitales y haber arrebatado la vida a centenares de niños…
Lo peor de todo es que esa función de encubridores de crímenes de guerra de gente que son los victimarios de una persecución y de la cual hablan en términos de shoad (holocausto) no se dan cuenta que están repitiendo con el pueblo palestino la misma tragedia de la que los nazis los convirtieron a ellos en víctimas.
Todavía otra cosita más. Desde hace unos días se habla de “castigar” al juez Baltasar Garzón por el enorme atrevimiento de plantear hacer alguna justicia a las víctimas del franquismo, (que no dejó de ser una bomba con efectos retrasados desde el momento en que se quiso enterrar la historia baja la mesa de los padre de la constitución en la llamada transición ejemplar) y que, en parte, fue también una traición a la memoria y a los legítimos seguidores de la república.
Vale que en 1975 los tiempos eran demasiado complejos para ello, pero ahora nadie debería extrañarse de que se reivindique la memoria de víctimas de una dictadura que actuó con alevosía y zaña inauditas para acabar con los opositores a un sistema copia del más puro de los fascismos.
Como ya se decía en plan de chiste aquí todos somos iguales, pero hay unos más iguales que otros y esos al parecer siempre son los ¨”grandes”: Franco, Israel… o Estados Unidos cuando viene al caso.
Quizás convenga quitarse ya las caretas de tanta hipocresía y dar la verdadera cara por las verdaderas causas justas, caiga quien caiga.
La suspensión de Garzón sería la gota que colma el vaso… Aunque soy consciente de que no conozco los entresijos del asunto… Pero como todo es igual…
viernes, 19 de febrero de 2010
Fe inamovible
Escribía hace unos días Manuel Vicent, (El País, domingo 14 de febrero de 2010) en su columna La niebla que los españoles funcionamos al parecer con sistema binario como los ordenadores: 01 01, al estilo de on-off, al modo del si-no, de negro blanco, de bueno malo, de ángel-demonio, de cielo-infierno.
Por el contrario, venía a decir, en el resto de Europa la ciencia y la cultura se construyeron en base a la duda metódica, lo cual arrastra a formas de respeto y tolerancia mucho más amplias que las que solemos practicar por estos lares.
Añade, además, que entre nosotros “la duda se interpreta como una falta de coraje” lo cual nos ha llevado siempre a las actitudes intransigentes, intolerantes, y –hablando desde el punto de vista de la religión- considerando la fe como algo que no admite dudas, nos llevó a la expulsión y persecución de moriscos y judíos y a tener una inquisición modélica en la defensa de sistema binario “si o no como Cristo nos enseña” sin dejar resquicio a las duda, y atacando planteamientos o reflexiones teológicas diversas que ofrecían aquellos que –enseguida- fueron llamados y considerados herejes.
Mal camino la fe que no deja espacio a la duda, mal camino la fe que no da espacio a una creencia distinta, haciéndose absoluta y totalitaria: “No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta”, “fuera de la Iglesia no hay salvación” quien diga lo que quiera que sea o piense algo ajeno al pensamiento o doctrina de la iglesia, “anathema sit”, sea condenado.
Por ello me preocupa mucho el hecho de que determinados conceptos de Dios sean tan expresamente defendidos que provoquen al fin, no otra cosa que incoherencia y cosas sobre Dios carentes de sentido.
Lo pensaba hace días a propósito de muchas consideraciones surgidas al hilo del terremoto de Haití.
Para mí es inaceptable la idea de que Dios, sabe, quiere y permite estos acontecimientos que acaban con la vida de cientos de miles de personas, y más todavía si su omnipotencia es considerada de tal manera que estaría en su mano impedirlo, pero no lo hace, lo que significaría de Dios maneja (como los viejos dioses griegos) la fuerza de los elementos de la naturaleza a su arbitrio y voluntad y que la realidad toda es una pura marioneta en manos de la omnímoda voluntad de Dios.
Seguimos sacando el deus ex machina para justificar lo injustificable o para darle una solución final a una situación de aporía. Dios se queda tan limpiamente fuera de toda responsabilidad en estas situaciones, según los creyentes, que lo consideran siempre inocente. Y como sabe lo que se hace somos nosotros los torpes mortales los que no comprendemos sus designios ni el proyecto que él tiene para cada uno de nosotros.
Por el contario el Dios que yo entiendo o trato de entender es un Dios Espíritu, fuerza, energía, ruaj, impulso interior. Es, si se quiere, aquel Dios que impulsó la explosión inicial del universo y dejó en él el dinamismo de creación y crecimiento, de expansión, de ascensión y complejificación y quien dejó inscrita en la materia el ansia de movimiento hacia todas las formas de plenitud. Es el Dios que actúa en el corazón espiritual de la materia, que habla al corazón humano, que se hace humano y comparte la limitación, la finitud y la contingencia de lo humano, pero nunca lo podré considerar el dios pagano que maneja todas las criaturas como quien mueve los hilos de una marioneta. La creación entera tiene sus leyes autónomas que no dependen de una decisión divina sino que responden al dinamismo propio de seres creados, imperfectos, incompletos, las leyes de la gravedad no están dependiendo de actos determinados por Dios, sino que es una ley, por decirlo así, autónoma. La fragilidad humana la hace víctima frecuente de cualquier acontecimiento, pero siempre respondiendo a motivos físicos, químicos, biológicos, psicológicos… Todas las consecuencias de una situación tienen una etiología, una causa, pero no siempre un responsable.
Desbordamientos de ríos, terremotos, erupciones volcánicas, enfermedades, etc. no son sino hechos que provienen de una causa, de tipo meteorológico, de tipo geológico, biológico etc. Es verdaderamente absurdo colocar a Dios detrás de esto no ya como causa sino como responsable de las secuelas de estos hechos que pueden dañar, como en el caso de Haití, una ciudad entera y cientos de miles de seres humanos sepultados bajo los escombros.
¿Y qué ha de hacer el creyente una vez que los acontecimientos desbordan todo cálculo y una vez que cae por tierra un sueño largamente acariciado, y se enfrenta al hecho de haber perdido a sus seres queridos y todo su patrimonio de un solo golpe?
Ahora sí, ahora queda aquel recurso a Dios que vive y actúa en el corazón y el espíritu humano, ahora podemos mirar al Dios crucificado que mostró su empatía total con el ser humano, y contó con la debilidad del ser humano asumiendo todo el dolor, todo el sufrimiento Ahora podemos buscar en él la fortaleza necesaria para la lucha que tenemos por delante, para recuperar la esperanza provisionalmente hundida, ahora es el momento de asumir, no eso que se ha dado en llamar la voluntad de Dios, sino los hechos y los acontecimientos como irreductibles, pues ahora la “voluntad de Dios” puede ser ponernos en marcha, unir solidariamente nuestros esfuerzos, levantarnos de la caída, recuperar la fuerza para vivir, reconquistar el amor como lo único necesario y luchar por la justicia y la paz como la clave fundamental de quehacer humano. No muy distinto de aquello que apuntaba Jon Sobrino: bajar de la cruz al pueblo crucificado, comprometerse en la lucha contra cualquier sufrimiento, proceda de donde proceda.
Volver a la vida, mirar a Dios para encontrar la fuerza para seguir adelante y asumir con firmeza la realidad que se nos ofrece “puestos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe” (Heb.12,2)
Por el contrario, venía a decir, en el resto de Europa la ciencia y la cultura se construyeron en base a la duda metódica, lo cual arrastra a formas de respeto y tolerancia mucho más amplias que las que solemos practicar por estos lares.
Añade, además, que entre nosotros “la duda se interpreta como una falta de coraje” lo cual nos ha llevado siempre a las actitudes intransigentes, intolerantes, y –hablando desde el punto de vista de la religión- considerando la fe como algo que no admite dudas, nos llevó a la expulsión y persecución de moriscos y judíos y a tener una inquisición modélica en la defensa de sistema binario “si o no como Cristo nos enseña” sin dejar resquicio a las duda, y atacando planteamientos o reflexiones teológicas diversas que ofrecían aquellos que –enseguida- fueron llamados y considerados herejes.
Mal camino la fe que no deja espacio a la duda, mal camino la fe que no da espacio a una creencia distinta, haciéndose absoluta y totalitaria: “No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta”, “fuera de la Iglesia no hay salvación” quien diga lo que quiera que sea o piense algo ajeno al pensamiento o doctrina de la iglesia, “anathema sit”, sea condenado.
Por ello me preocupa mucho el hecho de que determinados conceptos de Dios sean tan expresamente defendidos que provoquen al fin, no otra cosa que incoherencia y cosas sobre Dios carentes de sentido.
Lo pensaba hace días a propósito de muchas consideraciones surgidas al hilo del terremoto de Haití.
Para mí es inaceptable la idea de que Dios, sabe, quiere y permite estos acontecimientos que acaban con la vida de cientos de miles de personas, y más todavía si su omnipotencia es considerada de tal manera que estaría en su mano impedirlo, pero no lo hace, lo que significaría de Dios maneja (como los viejos dioses griegos) la fuerza de los elementos de la naturaleza a su arbitrio y voluntad y que la realidad toda es una pura marioneta en manos de la omnímoda voluntad de Dios.
Seguimos sacando el deus ex machina para justificar lo injustificable o para darle una solución final a una situación de aporía. Dios se queda tan limpiamente fuera de toda responsabilidad en estas situaciones, según los creyentes, que lo consideran siempre inocente. Y como sabe lo que se hace somos nosotros los torpes mortales los que no comprendemos sus designios ni el proyecto que él tiene para cada uno de nosotros.
Por el contario el Dios que yo entiendo o trato de entender es un Dios Espíritu, fuerza, energía, ruaj, impulso interior. Es, si se quiere, aquel Dios que impulsó la explosión inicial del universo y dejó en él el dinamismo de creación y crecimiento, de expansión, de ascensión y complejificación y quien dejó inscrita en la materia el ansia de movimiento hacia todas las formas de plenitud. Es el Dios que actúa en el corazón espiritual de la materia, que habla al corazón humano, que se hace humano y comparte la limitación, la finitud y la contingencia de lo humano, pero nunca lo podré considerar el dios pagano que maneja todas las criaturas como quien mueve los hilos de una marioneta. La creación entera tiene sus leyes autónomas que no dependen de una decisión divina sino que responden al dinamismo propio de seres creados, imperfectos, incompletos, las leyes de la gravedad no están dependiendo de actos determinados por Dios, sino que es una ley, por decirlo así, autónoma. La fragilidad humana la hace víctima frecuente de cualquier acontecimiento, pero siempre respondiendo a motivos físicos, químicos, biológicos, psicológicos… Todas las consecuencias de una situación tienen una etiología, una causa, pero no siempre un responsable.
Desbordamientos de ríos, terremotos, erupciones volcánicas, enfermedades, etc. no son sino hechos que provienen de una causa, de tipo meteorológico, de tipo geológico, biológico etc. Es verdaderamente absurdo colocar a Dios detrás de esto no ya como causa sino como responsable de las secuelas de estos hechos que pueden dañar, como en el caso de Haití, una ciudad entera y cientos de miles de seres humanos sepultados bajo los escombros.
¿Y qué ha de hacer el creyente una vez que los acontecimientos desbordan todo cálculo y una vez que cae por tierra un sueño largamente acariciado, y se enfrenta al hecho de haber perdido a sus seres queridos y todo su patrimonio de un solo golpe?
Ahora sí, ahora queda aquel recurso a Dios que vive y actúa en el corazón y el espíritu humano, ahora podemos mirar al Dios crucificado que mostró su empatía total con el ser humano, y contó con la debilidad del ser humano asumiendo todo el dolor, todo el sufrimiento Ahora podemos buscar en él la fortaleza necesaria para la lucha que tenemos por delante, para recuperar la esperanza provisionalmente hundida, ahora es el momento de asumir, no eso que se ha dado en llamar la voluntad de Dios, sino los hechos y los acontecimientos como irreductibles, pues ahora la “voluntad de Dios” puede ser ponernos en marcha, unir solidariamente nuestros esfuerzos, levantarnos de la caída, recuperar la fuerza para vivir, reconquistar el amor como lo único necesario y luchar por la justicia y la paz como la clave fundamental de quehacer humano. No muy distinto de aquello que apuntaba Jon Sobrino: bajar de la cruz al pueblo crucificado, comprometerse en la lucha contra cualquier sufrimiento, proceda de donde proceda.
Volver a la vida, mirar a Dios para encontrar la fuerza para seguir adelante y asumir con firmeza la realidad que se nos ofrece “puestos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe” (Heb.12,2)
martes, 19 de enero de 2010
Metamorfosis
Cuando uno se encuentra con esta palabra, o bien recuerda a Kafka o se le vienen a la memoria los gusanos de seda o las orugas y mariposas de El principito.
Pero cuando un artículo va firmado por Edgar Morin, con el título de Elogio de la metamorfosis, la tentación de leerlo es irresistible, conociendo la agudeza, profundidad y pensamiento abierto de este autor, filósofo, sociólogo preocupado por los temas de actualidad de mayor impacto. Es curioso que cuando abres en Internet su biografía el subtítulo de su nombre es “El pensador planetario de las luciérnagas más luminosos”
Así he considerado yo también este artículo en “La Cuarta página” de El País de domingo 17 de enero.
Hace unos días escribía sobre la conversión, desde un punto de vista religioso cristiano evangélico. De alguna manera esta metamorfosis de Morin iría en esa línea: pero evidentemente que para él se trata del problema no tanto particular o individual, sino el reto más importante de la Humanidad en su conjunto.
Ese grito reiterativo y solemne de los altermundistas de que otro mundo mejor es posible, y de que no solo es posible, sino necesario y urgente lo retrata también Morin en su artículo recordando que no se trata –dice al final- de una esperanza en el mejor de los mundos, sino simplemente en un mundo mejor.
El análisis que hace Morin nos lleva a pensar que frecuentemente la historia ha sufrido metamorfosis, no solo en aquello que los biólogos evolucionistas llaman “mutaciones”, ni sólo en los casos conocidos de determinadas especies cuyo desarrollo está sometido a este tipo de trasformación, sino también en momentos cruciales de los pueblos, las naciones, las civilizaciones, las religiones y las culturas. Momentos que podrían llamarse “estelares” por su enorme significado universal y por los cambios substanciales que han producido o provocado.
Lo triste es que la utopía imaginada, como la metamorfosis soñada, acaban generando algún tipo de anquilosamiento o esclerosis múltiple capaz de apagar la esperanza en aras de una seguridad y una certeza; pero como dice expresamente Edgar Morin, la verdadera esperanza sabe que no es certeza, y muchos con tal de regresar a las certeza, matan la esperanza, como otros que desconociendo a donde lleva la metamorfosis de la oruga acaban con ella no sea que se convierta en un depredador de plantas. Cuando no se tiene confianza en la historia ni esperanza en el ser humano, no hay posibilidad de cambiar nada, ni de conversión profunda y seria, ni modificación de tantas cosas, aun reconociendo que constituyen, tal como están, una calamidad para los humanos y para el planeta.
La esperanza constituye, quizá, la base genérica de donde puede partir la meta-morfosis del mundo y la meta-noia personal. Cinco razones nos presenta Morín que yo resumo así:
El surgimiento de los improbable; Las virtudes generadoras inherentes a la humanidad; la fuerza de la crisis planetaria impulsora de alternativas; los valores que despliega el peligro, añadiendo “allá donde crece el peligro, crece también lo que nos salva”; la eterna y general aspiración humana a la armonía, la paz y la justicia y el sueño de las incansables utopías, el hervidero de iniciativas solidarias caminando en una misma dirección aunque con diversos puntos de partida.
Casi al final de su escrito, que recomiendo, añade:”Hoy, la causa es inequívoca, sublime: se trata de salvar a la humanidad”.
Pero cuando un artículo va firmado por Edgar Morin, con el título de Elogio de la metamorfosis, la tentación de leerlo es irresistible, conociendo la agudeza, profundidad y pensamiento abierto de este autor, filósofo, sociólogo preocupado por los temas de actualidad de mayor impacto. Es curioso que cuando abres en Internet su biografía el subtítulo de su nombre es “El pensador planetario de las luciérnagas más luminosos”
Así he considerado yo también este artículo en “La Cuarta página” de El País de domingo 17 de enero.
Hace unos días escribía sobre la conversión, desde un punto de vista religioso cristiano evangélico. De alguna manera esta metamorfosis de Morin iría en esa línea: pero evidentemente que para él se trata del problema no tanto particular o individual, sino el reto más importante de la Humanidad en su conjunto.
Ese grito reiterativo y solemne de los altermundistas de que otro mundo mejor es posible, y de que no solo es posible, sino necesario y urgente lo retrata también Morin en su artículo recordando que no se trata –dice al final- de una esperanza en el mejor de los mundos, sino simplemente en un mundo mejor.
El análisis que hace Morin nos lleva a pensar que frecuentemente la historia ha sufrido metamorfosis, no solo en aquello que los biólogos evolucionistas llaman “mutaciones”, ni sólo en los casos conocidos de determinadas especies cuyo desarrollo está sometido a este tipo de trasformación, sino también en momentos cruciales de los pueblos, las naciones, las civilizaciones, las religiones y las culturas. Momentos que podrían llamarse “estelares” por su enorme significado universal y por los cambios substanciales que han producido o provocado.
Lo triste es que la utopía imaginada, como la metamorfosis soñada, acaban generando algún tipo de anquilosamiento o esclerosis múltiple capaz de apagar la esperanza en aras de una seguridad y una certeza; pero como dice expresamente Edgar Morin, la verdadera esperanza sabe que no es certeza, y muchos con tal de regresar a las certeza, matan la esperanza, como otros que desconociendo a donde lleva la metamorfosis de la oruga acaban con ella no sea que se convierta en un depredador de plantas. Cuando no se tiene confianza en la historia ni esperanza en el ser humano, no hay posibilidad de cambiar nada, ni de conversión profunda y seria, ni modificación de tantas cosas, aun reconociendo que constituyen, tal como están, una calamidad para los humanos y para el planeta.
La esperanza constituye, quizá, la base genérica de donde puede partir la meta-morfosis del mundo y la meta-noia personal. Cinco razones nos presenta Morín que yo resumo así:
El surgimiento de los improbable; Las virtudes generadoras inherentes a la humanidad; la fuerza de la crisis planetaria impulsora de alternativas; los valores que despliega el peligro, añadiendo “allá donde crece el peligro, crece también lo que nos salva”; la eterna y general aspiración humana a la armonía, la paz y la justicia y el sueño de las incansables utopías, el hervidero de iniciativas solidarias caminando en una misma dirección aunque con diversos puntos de partida.
Casi al final de su escrito, que recomiendo, añade:”Hoy, la causa es inequívoca, sublime: se trata de salvar a la humanidad”.
Pensamientos sobre la paz, a propósito de Gandhi
El legado de Gandhi y el de los grandes luchadores no violentos, pero audaces, atrevidos, valientes y arriesgados hasta poner en peligro sus propias vidas, no ha concluido con las celebraciones del Día Escolar de la no violencia y de la Paz que ahora se celebra en los centros escolares sin demasiadas referencias comprometidas. Muchos han sido y siguen siendo los discípulos de Gandhi que están en la brecha, intentando incluso a riesgo de su vida un mundo más justo, en paz, denunciando el vergonzoso e indecente negocio de la armas que seguimos realizando sin el menor desparpajo, y con ese convencimiento que no pudo y no quiso evitar Obama al recibir el premio Nóbel de la Paz, esto es: Que las guerras son un mal necesario para lograr la paz y no un camino totalmente equivocado para solucionar problemas. Las guerras sólo consiguen multiplicar los problemas, no resolverlos. Y no hay ni ha habido una guerra que no haya sido deplorable y destructora y que no haya acarreado destrucción y crecimiento del odio. ¿Qué resuelve una guerra?
Gandhi fue un modelo de quien pudimos aprender que no hay más guerra que la que el hombre tiene que llevar a cabo contra sus demonios interiores, que ante la injusticia lo que cabe es el rechazo más total con una denuncia que frecuentemente implica riesgos. Eso lo vemos con los fiscales que luchan contra la Camorra Napolitana, los vemos en la Gente de Greenpeace, enfrentándose a la cárcel y a las detenciones, lo hemos visto hace poco en Aminatur Haidar, defendiendo los derechos del pueblo Saharaui, lo vemos en los montones de cooperantes, creyentes o no, que viven en los bordes de la pobreza humana, en los bordes del dolor, en las fronteras del olvido, en la cuerda floja para defender la justicia frente a los poderosos que aplastan: Médicos sin fronteras, Manos Unidas, Cruz Roja, Inntermon Oxfam: Cáritas, Entreculturas, Ayuda en Acción, y un gran etcétera que nos recuerda, como ya apuntaba alguien, que el mal arma demasiado escándalo y se convierte fácilmente en Noticia, mientras que el bien trabaja en silencio y actúa sin ruido sin vociferar, procurando que “no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha”.
Esa es casi la única esperanza que le queda al mundo para creer que esta realidad tan triste que nos envuelve y que cae sobre el mundo como un alud devorador, pueda alguna vez resolverse. La no violencia de Gandi es una verdadera re-conversión, un cambio interior, una convicción absoluta respecto de cómo trabajar para cambiar el mundo que no cosiste en otra cosa que derrotar al mal a fuerza de bien.
Lo triste es que quienes mayores recursos poseen, los que están aferrados y apegados a su poder a su dinero y a su nivel de vida, cada día se hacen –o nos hacemos, sálvese quien pueda- más incapaces de esa conversión total que supone la renuncia al bienestar, pero nunca a estar bien con nosotros mismos. Lo que tenemos de alguna manera se ha apegado tanto a nuestro ser que hemos caído en la vieja trampa de que tanto tienes tanto vales, y no estamos dispuestos a perder nuestro valor porque hemos confundido totalmente lo que El legado de Gandhi y el de los grandes luchadores no violentos, pero audaces, atrevidos, valientes y arriesgados hasta poner en peligro sus propias vidas, no ha concluido con las celebraciones del Día Escolar de la no violencia y de la Paz que ahora se celebra en los centros escolares sin demasiadas referencias comprometidas. Muchos han sido y siguen siendo los discípulos de Gandhi que están en la brecha, intentando incluso a riesgo de su vida un mundo más justo, en paz, denunciando el vergonzoso e indecente negocio de la armas que seguimos realizando sin el menor desparpajo, y con ese convencimiento que no pudo y no quiso evitar Obama al recibir el premio Nóbel de la Paz, esto es: Que las guerras son un mal necesario para lograr la paz y no un camino totalmente equivocado para solucionar problemas. Las guerras sólo consiguen multiplicar los problemas, no resolverlos. Y no hay ni ha habido una guerra que no haya sido deplorable y destructora y que no haya acarreado destrucción y crecimiento del odio. ¿Qué resuelve una guerra?
Gandhi fue un modelo de quien pudimos aprender que no hay más guerra que la que el hombre tiene que llevar a cabo contra sus demonios interiores, que ante la injusticia lo que cabe es el rechazo más total con una denuncia que frecuentemente implica riesgos. Eso lo vemos con los fiscales que luchan contra la Camorra Napolitana, los vemos en la Gente de Greenpeace, enfrentándose a la cárcel y a las detenciones, lo hemos visto hace poco en Aminatur Haidar, defendiendo los derechos del pueblo Saharaui, lo vemos en los montones de cooperantes, creyentes o no, que viven en los bordes de la pobreza humana, en los bordes del dolor, en las fronteras del olvido, en la cuerda floja para defender la justicia frente a los poderosos que aplastan: Médicos sin fronteras, Manos Unidas, Cruz Roja, Inntermon Oxfam: Cáritas, Entreculturas, Ayuda en Acción, y un gran etcétera que nos recuerda, como ya apuntaba alguien, que el mal arma demasiado escándalo y se convierte fácilmente en Noticia, mientras que el bien trabaja en silencio y actúa sin ruido sin vociferar, procurando que “no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha”.
Esa es casi la única esperanza que le queda al mundo para creer que esta realidad tan triste que nos envuelve y que cae sobre el mundo como un alud devorador, pueda alguna vez resolverse. La no violencia de Gandi es una verdadera re-conversión, un cambio interior, una convicción absoluta respecto de cómo trabajar para cambiar el mundo que no cosiste en otra cosa que derrotar al mal a fuerza de bien.
Lo triste es que quienes mayores recursos poseen, los que están aferrados y apegados a su poder a su dinero y a su nivel de vida, cada día se hacen –o nos hacemos, sálvese quien pueda- más incapaces de esa conversión total que supone la renuncia al bienestar, pero nunca a estar bien con nosotros mismos. Lo que tenemos de alguna manera se ha apegado tanto a nuestro ser que hemos caído en la vieja trampa de que tanto tienes tanto vales, y no estamos dispuestos a perder nuestro valor porque hemos confundido totalmente lo que somos con lo que tenemos, y no hay falsedad más grande.
Gandhi fue un modelo de quien pudimos aprender que no hay más guerra que la que el hombre tiene que llevar a cabo contra sus demonios interiores, que ante la injusticia lo que cabe es el rechazo más total con una denuncia que frecuentemente implica riesgos. Eso lo vemos con los fiscales que luchan contra la Camorra Napolitana, los vemos en la Gente de Greenpeace, enfrentándose a la cárcel y a las detenciones, lo hemos visto hace poco en Aminatur Haidar, defendiendo los derechos del pueblo Saharaui, lo vemos en los montones de cooperantes, creyentes o no, que viven en los bordes de la pobreza humana, en los bordes del dolor, en las fronteras del olvido, en la cuerda floja para defender la justicia frente a los poderosos que aplastan: Médicos sin fronteras, Manos Unidas, Cruz Roja, Inntermon Oxfam: Cáritas, Entreculturas, Ayuda en Acción, y un gran etcétera que nos recuerda, como ya apuntaba alguien, que el mal arma demasiado escándalo y se convierte fácilmente en Noticia, mientras que el bien trabaja en silencio y actúa sin ruido sin vociferar, procurando que “no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha”.
Esa es casi la única esperanza que le queda al mundo para creer que esta realidad tan triste que nos envuelve y que cae sobre el mundo como un alud devorador, pueda alguna vez resolverse. La no violencia de Gandi es una verdadera re-conversión, un cambio interior, una convicción absoluta respecto de cómo trabajar para cambiar el mundo que no cosiste en otra cosa que derrotar al mal a fuerza de bien.
Lo triste es que quienes mayores recursos poseen, los que están aferrados y apegados a su poder a su dinero y a su nivel de vida, cada día se hacen –o nos hacemos, sálvese quien pueda- más incapaces de esa conversión total que supone la renuncia al bienestar, pero nunca a estar bien con nosotros mismos. Lo que tenemos de alguna manera se ha apegado tanto a nuestro ser que hemos caído en la vieja trampa de que tanto tienes tanto vales, y no estamos dispuestos a perder nuestro valor porque hemos confundido totalmente lo que El legado de Gandhi y el de los grandes luchadores no violentos, pero audaces, atrevidos, valientes y arriesgados hasta poner en peligro sus propias vidas, no ha concluido con las celebraciones del Día Escolar de la no violencia y de la Paz que ahora se celebra en los centros escolares sin demasiadas referencias comprometidas. Muchos han sido y siguen siendo los discípulos de Gandhi que están en la brecha, intentando incluso a riesgo de su vida un mundo más justo, en paz, denunciando el vergonzoso e indecente negocio de la armas que seguimos realizando sin el menor desparpajo, y con ese convencimiento que no pudo y no quiso evitar Obama al recibir el premio Nóbel de la Paz, esto es: Que las guerras son un mal necesario para lograr la paz y no un camino totalmente equivocado para solucionar problemas. Las guerras sólo consiguen multiplicar los problemas, no resolverlos. Y no hay ni ha habido una guerra que no haya sido deplorable y destructora y que no haya acarreado destrucción y crecimiento del odio. ¿Qué resuelve una guerra?
Gandhi fue un modelo de quien pudimos aprender que no hay más guerra que la que el hombre tiene que llevar a cabo contra sus demonios interiores, que ante la injusticia lo que cabe es el rechazo más total con una denuncia que frecuentemente implica riesgos. Eso lo vemos con los fiscales que luchan contra la Camorra Napolitana, los vemos en la Gente de Greenpeace, enfrentándose a la cárcel y a las detenciones, lo hemos visto hace poco en Aminatur Haidar, defendiendo los derechos del pueblo Saharaui, lo vemos en los montones de cooperantes, creyentes o no, que viven en los bordes de la pobreza humana, en los bordes del dolor, en las fronteras del olvido, en la cuerda floja para defender la justicia frente a los poderosos que aplastan: Médicos sin fronteras, Manos Unidas, Cruz Roja, Inntermon Oxfam: Cáritas, Entreculturas, Ayuda en Acción, y un gran etcétera que nos recuerda, como ya apuntaba alguien, que el mal arma demasiado escándalo y se convierte fácilmente en Noticia, mientras que el bien trabaja en silencio y actúa sin ruido sin vociferar, procurando que “no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha”.
Esa es casi la única esperanza que le queda al mundo para creer que esta realidad tan triste que nos envuelve y que cae sobre el mundo como un alud devorador, pueda alguna vez resolverse. La no violencia de Gandi es una verdadera re-conversión, un cambio interior, una convicción absoluta respecto de cómo trabajar para cambiar el mundo que no cosiste en otra cosa que derrotar al mal a fuerza de bien.
Lo triste es que quienes mayores recursos poseen, los que están aferrados y apegados a su poder a su dinero y a su nivel de vida, cada día se hacen –o nos hacemos, sálvese quien pueda- más incapaces de esa conversión total que supone la renuncia al bienestar, pero nunca a estar bien con nosotros mismos. Lo que tenemos de alguna manera se ha apegado tanto a nuestro ser que hemos caído en la vieja trampa de que tanto tienes tanto vales, y no estamos dispuestos a perder nuestro valor porque hemos confundido totalmente lo que somos con lo que tenemos, y no hay falsedad más grande.
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