Acabo de ver un vídeo sobre los crímenes de lesa humanidad cometidos el año pasado en Gaza por esos miserables Sionistas, bombardeando indiscriminadamente, utilizando armas químicas prohibidas, masacrando a conciencia a un pueblo desarmado, salvo cuatro exaltados; (compárense más de 1.300 víctimas palestinas frente a menos de una decena entre los israelíes, eso lo dice todo).
Acabo de recordar que nuestro diligente gobierno modificó los términos de la ley de justicia universal para poder preservar de denuncia o imputaciones a los masacradores israelitas. Recuerdo también que la comunidad internacional, discutiendo los 25 (por decir algo) misiles caseros de Hamás, dejaba entrever su connivencia con la apisonadora israelí que fue perdonada incluso de haber bombardeado centros de Naciones Unidas, almacenes de alimentos, hospitales y haber arrebatado la vida a centenares de niños…
Lo peor de todo es que esa función de encubridores de crímenes de guerra de gente que son los victimarios de una persecución y de la cual hablan en términos de shoad (holocausto) no se dan cuenta que están repitiendo con el pueblo palestino la misma tragedia de la que los nazis los convirtieron a ellos en víctimas.
Todavía otra cosita más. Desde hace unos días se habla de “castigar” al juez Baltasar Garzón por el enorme atrevimiento de plantear hacer alguna justicia a las víctimas del franquismo, (que no dejó de ser una bomba con efectos retrasados desde el momento en que se quiso enterrar la historia baja la mesa de los padre de la constitución en la llamada transición ejemplar) y que, en parte, fue también una traición a la memoria y a los legítimos seguidores de la república.
Vale que en 1975 los tiempos eran demasiado complejos para ello, pero ahora nadie debería extrañarse de que se reivindique la memoria de víctimas de una dictadura que actuó con alevosía y zaña inauditas para acabar con los opositores a un sistema copia del más puro de los fascismos.
Como ya se decía en plan de chiste aquí todos somos iguales, pero hay unos más iguales que otros y esos al parecer siempre son los ¨”grandes”: Franco, Israel… o Estados Unidos cuando viene al caso.
Quizás convenga quitarse ya las caretas de tanta hipocresía y dar la verdadera cara por las verdaderas causas justas, caiga quien caiga.
La suspensión de Garzón sería la gota que colma el vaso… Aunque soy consciente de que no conozco los entresijos del asunto… Pero como todo es igual…
martes, 23 de febrero de 2010
viernes, 19 de febrero de 2010
Fe inamovible
Escribía hace unos días Manuel Vicent, (El País, domingo 14 de febrero de 2010) en su columna La niebla que los españoles funcionamos al parecer con sistema binario como los ordenadores: 01 01, al estilo de on-off, al modo del si-no, de negro blanco, de bueno malo, de ángel-demonio, de cielo-infierno.
Por el contrario, venía a decir, en el resto de Europa la ciencia y la cultura se construyeron en base a la duda metódica, lo cual arrastra a formas de respeto y tolerancia mucho más amplias que las que solemos practicar por estos lares.
Añade, además, que entre nosotros “la duda se interpreta como una falta de coraje” lo cual nos ha llevado siempre a las actitudes intransigentes, intolerantes, y –hablando desde el punto de vista de la religión- considerando la fe como algo que no admite dudas, nos llevó a la expulsión y persecución de moriscos y judíos y a tener una inquisición modélica en la defensa de sistema binario “si o no como Cristo nos enseña” sin dejar resquicio a las duda, y atacando planteamientos o reflexiones teológicas diversas que ofrecían aquellos que –enseguida- fueron llamados y considerados herejes.
Mal camino la fe que no deja espacio a la duda, mal camino la fe que no da espacio a una creencia distinta, haciéndose absoluta y totalitaria: “No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta”, “fuera de la Iglesia no hay salvación” quien diga lo que quiera que sea o piense algo ajeno al pensamiento o doctrina de la iglesia, “anathema sit”, sea condenado.
Por ello me preocupa mucho el hecho de que determinados conceptos de Dios sean tan expresamente defendidos que provoquen al fin, no otra cosa que incoherencia y cosas sobre Dios carentes de sentido.
Lo pensaba hace días a propósito de muchas consideraciones surgidas al hilo del terremoto de Haití.
Para mí es inaceptable la idea de que Dios, sabe, quiere y permite estos acontecimientos que acaban con la vida de cientos de miles de personas, y más todavía si su omnipotencia es considerada de tal manera que estaría en su mano impedirlo, pero no lo hace, lo que significaría de Dios maneja (como los viejos dioses griegos) la fuerza de los elementos de la naturaleza a su arbitrio y voluntad y que la realidad toda es una pura marioneta en manos de la omnímoda voluntad de Dios.
Seguimos sacando el deus ex machina para justificar lo injustificable o para darle una solución final a una situación de aporía. Dios se queda tan limpiamente fuera de toda responsabilidad en estas situaciones, según los creyentes, que lo consideran siempre inocente. Y como sabe lo que se hace somos nosotros los torpes mortales los que no comprendemos sus designios ni el proyecto que él tiene para cada uno de nosotros.
Por el contario el Dios que yo entiendo o trato de entender es un Dios Espíritu, fuerza, energía, ruaj, impulso interior. Es, si se quiere, aquel Dios que impulsó la explosión inicial del universo y dejó en él el dinamismo de creación y crecimiento, de expansión, de ascensión y complejificación y quien dejó inscrita en la materia el ansia de movimiento hacia todas las formas de plenitud. Es el Dios que actúa en el corazón espiritual de la materia, que habla al corazón humano, que se hace humano y comparte la limitación, la finitud y la contingencia de lo humano, pero nunca lo podré considerar el dios pagano que maneja todas las criaturas como quien mueve los hilos de una marioneta. La creación entera tiene sus leyes autónomas que no dependen de una decisión divina sino que responden al dinamismo propio de seres creados, imperfectos, incompletos, las leyes de la gravedad no están dependiendo de actos determinados por Dios, sino que es una ley, por decirlo así, autónoma. La fragilidad humana la hace víctima frecuente de cualquier acontecimiento, pero siempre respondiendo a motivos físicos, químicos, biológicos, psicológicos… Todas las consecuencias de una situación tienen una etiología, una causa, pero no siempre un responsable.
Desbordamientos de ríos, terremotos, erupciones volcánicas, enfermedades, etc. no son sino hechos que provienen de una causa, de tipo meteorológico, de tipo geológico, biológico etc. Es verdaderamente absurdo colocar a Dios detrás de esto no ya como causa sino como responsable de las secuelas de estos hechos que pueden dañar, como en el caso de Haití, una ciudad entera y cientos de miles de seres humanos sepultados bajo los escombros.
¿Y qué ha de hacer el creyente una vez que los acontecimientos desbordan todo cálculo y una vez que cae por tierra un sueño largamente acariciado, y se enfrenta al hecho de haber perdido a sus seres queridos y todo su patrimonio de un solo golpe?
Ahora sí, ahora queda aquel recurso a Dios que vive y actúa en el corazón y el espíritu humano, ahora podemos mirar al Dios crucificado que mostró su empatía total con el ser humano, y contó con la debilidad del ser humano asumiendo todo el dolor, todo el sufrimiento Ahora podemos buscar en él la fortaleza necesaria para la lucha que tenemos por delante, para recuperar la esperanza provisionalmente hundida, ahora es el momento de asumir, no eso que se ha dado en llamar la voluntad de Dios, sino los hechos y los acontecimientos como irreductibles, pues ahora la “voluntad de Dios” puede ser ponernos en marcha, unir solidariamente nuestros esfuerzos, levantarnos de la caída, recuperar la fuerza para vivir, reconquistar el amor como lo único necesario y luchar por la justicia y la paz como la clave fundamental de quehacer humano. No muy distinto de aquello que apuntaba Jon Sobrino: bajar de la cruz al pueblo crucificado, comprometerse en la lucha contra cualquier sufrimiento, proceda de donde proceda.
Volver a la vida, mirar a Dios para encontrar la fuerza para seguir adelante y asumir con firmeza la realidad que se nos ofrece “puestos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe” (Heb.12,2)
Por el contrario, venía a decir, en el resto de Europa la ciencia y la cultura se construyeron en base a la duda metódica, lo cual arrastra a formas de respeto y tolerancia mucho más amplias que las que solemos practicar por estos lares.
Añade, además, que entre nosotros “la duda se interpreta como una falta de coraje” lo cual nos ha llevado siempre a las actitudes intransigentes, intolerantes, y –hablando desde el punto de vista de la religión- considerando la fe como algo que no admite dudas, nos llevó a la expulsión y persecución de moriscos y judíos y a tener una inquisición modélica en la defensa de sistema binario “si o no como Cristo nos enseña” sin dejar resquicio a las duda, y atacando planteamientos o reflexiones teológicas diversas que ofrecían aquellos que –enseguida- fueron llamados y considerados herejes.
Mal camino la fe que no deja espacio a la duda, mal camino la fe que no da espacio a una creencia distinta, haciéndose absoluta y totalitaria: “No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta”, “fuera de la Iglesia no hay salvación” quien diga lo que quiera que sea o piense algo ajeno al pensamiento o doctrina de la iglesia, “anathema sit”, sea condenado.
Por ello me preocupa mucho el hecho de que determinados conceptos de Dios sean tan expresamente defendidos que provoquen al fin, no otra cosa que incoherencia y cosas sobre Dios carentes de sentido.
Lo pensaba hace días a propósito de muchas consideraciones surgidas al hilo del terremoto de Haití.
Para mí es inaceptable la idea de que Dios, sabe, quiere y permite estos acontecimientos que acaban con la vida de cientos de miles de personas, y más todavía si su omnipotencia es considerada de tal manera que estaría en su mano impedirlo, pero no lo hace, lo que significaría de Dios maneja (como los viejos dioses griegos) la fuerza de los elementos de la naturaleza a su arbitrio y voluntad y que la realidad toda es una pura marioneta en manos de la omnímoda voluntad de Dios.
Seguimos sacando el deus ex machina para justificar lo injustificable o para darle una solución final a una situación de aporía. Dios se queda tan limpiamente fuera de toda responsabilidad en estas situaciones, según los creyentes, que lo consideran siempre inocente. Y como sabe lo que se hace somos nosotros los torpes mortales los que no comprendemos sus designios ni el proyecto que él tiene para cada uno de nosotros.
Por el contario el Dios que yo entiendo o trato de entender es un Dios Espíritu, fuerza, energía, ruaj, impulso interior. Es, si se quiere, aquel Dios que impulsó la explosión inicial del universo y dejó en él el dinamismo de creación y crecimiento, de expansión, de ascensión y complejificación y quien dejó inscrita en la materia el ansia de movimiento hacia todas las formas de plenitud. Es el Dios que actúa en el corazón espiritual de la materia, que habla al corazón humano, que se hace humano y comparte la limitación, la finitud y la contingencia de lo humano, pero nunca lo podré considerar el dios pagano que maneja todas las criaturas como quien mueve los hilos de una marioneta. La creación entera tiene sus leyes autónomas que no dependen de una decisión divina sino que responden al dinamismo propio de seres creados, imperfectos, incompletos, las leyes de la gravedad no están dependiendo de actos determinados por Dios, sino que es una ley, por decirlo así, autónoma. La fragilidad humana la hace víctima frecuente de cualquier acontecimiento, pero siempre respondiendo a motivos físicos, químicos, biológicos, psicológicos… Todas las consecuencias de una situación tienen una etiología, una causa, pero no siempre un responsable.
Desbordamientos de ríos, terremotos, erupciones volcánicas, enfermedades, etc. no son sino hechos que provienen de una causa, de tipo meteorológico, de tipo geológico, biológico etc. Es verdaderamente absurdo colocar a Dios detrás de esto no ya como causa sino como responsable de las secuelas de estos hechos que pueden dañar, como en el caso de Haití, una ciudad entera y cientos de miles de seres humanos sepultados bajo los escombros.
¿Y qué ha de hacer el creyente una vez que los acontecimientos desbordan todo cálculo y una vez que cae por tierra un sueño largamente acariciado, y se enfrenta al hecho de haber perdido a sus seres queridos y todo su patrimonio de un solo golpe?
Ahora sí, ahora queda aquel recurso a Dios que vive y actúa en el corazón y el espíritu humano, ahora podemos mirar al Dios crucificado que mostró su empatía total con el ser humano, y contó con la debilidad del ser humano asumiendo todo el dolor, todo el sufrimiento Ahora podemos buscar en él la fortaleza necesaria para la lucha que tenemos por delante, para recuperar la esperanza provisionalmente hundida, ahora es el momento de asumir, no eso que se ha dado en llamar la voluntad de Dios, sino los hechos y los acontecimientos como irreductibles, pues ahora la “voluntad de Dios” puede ser ponernos en marcha, unir solidariamente nuestros esfuerzos, levantarnos de la caída, recuperar la fuerza para vivir, reconquistar el amor como lo único necesario y luchar por la justicia y la paz como la clave fundamental de quehacer humano. No muy distinto de aquello que apuntaba Jon Sobrino: bajar de la cruz al pueblo crucificado, comprometerse en la lucha contra cualquier sufrimiento, proceda de donde proceda.
Volver a la vida, mirar a Dios para encontrar la fuerza para seguir adelante y asumir con firmeza la realidad que se nos ofrece “puestos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe” (Heb.12,2)
martes, 19 de enero de 2010
Metamorfosis
Cuando uno se encuentra con esta palabra, o bien recuerda a Kafka o se le vienen a la memoria los gusanos de seda o las orugas y mariposas de El principito.
Pero cuando un artículo va firmado por Edgar Morin, con el título de Elogio de la metamorfosis, la tentación de leerlo es irresistible, conociendo la agudeza, profundidad y pensamiento abierto de este autor, filósofo, sociólogo preocupado por los temas de actualidad de mayor impacto. Es curioso que cuando abres en Internet su biografía el subtítulo de su nombre es “El pensador planetario de las luciérnagas más luminosos”
Así he considerado yo también este artículo en “La Cuarta página” de El País de domingo 17 de enero.
Hace unos días escribía sobre la conversión, desde un punto de vista religioso cristiano evangélico. De alguna manera esta metamorfosis de Morin iría en esa línea: pero evidentemente que para él se trata del problema no tanto particular o individual, sino el reto más importante de la Humanidad en su conjunto.
Ese grito reiterativo y solemne de los altermundistas de que otro mundo mejor es posible, y de que no solo es posible, sino necesario y urgente lo retrata también Morin en su artículo recordando que no se trata –dice al final- de una esperanza en el mejor de los mundos, sino simplemente en un mundo mejor.
El análisis que hace Morin nos lleva a pensar que frecuentemente la historia ha sufrido metamorfosis, no solo en aquello que los biólogos evolucionistas llaman “mutaciones”, ni sólo en los casos conocidos de determinadas especies cuyo desarrollo está sometido a este tipo de trasformación, sino también en momentos cruciales de los pueblos, las naciones, las civilizaciones, las religiones y las culturas. Momentos que podrían llamarse “estelares” por su enorme significado universal y por los cambios substanciales que han producido o provocado.
Lo triste es que la utopía imaginada, como la metamorfosis soñada, acaban generando algún tipo de anquilosamiento o esclerosis múltiple capaz de apagar la esperanza en aras de una seguridad y una certeza; pero como dice expresamente Edgar Morin, la verdadera esperanza sabe que no es certeza, y muchos con tal de regresar a las certeza, matan la esperanza, como otros que desconociendo a donde lleva la metamorfosis de la oruga acaban con ella no sea que se convierta en un depredador de plantas. Cuando no se tiene confianza en la historia ni esperanza en el ser humano, no hay posibilidad de cambiar nada, ni de conversión profunda y seria, ni modificación de tantas cosas, aun reconociendo que constituyen, tal como están, una calamidad para los humanos y para el planeta.
La esperanza constituye, quizá, la base genérica de donde puede partir la meta-morfosis del mundo y la meta-noia personal. Cinco razones nos presenta Morín que yo resumo así:
El surgimiento de los improbable; Las virtudes generadoras inherentes a la humanidad; la fuerza de la crisis planetaria impulsora de alternativas; los valores que despliega el peligro, añadiendo “allá donde crece el peligro, crece también lo que nos salva”; la eterna y general aspiración humana a la armonía, la paz y la justicia y el sueño de las incansables utopías, el hervidero de iniciativas solidarias caminando en una misma dirección aunque con diversos puntos de partida.
Casi al final de su escrito, que recomiendo, añade:”Hoy, la causa es inequívoca, sublime: se trata de salvar a la humanidad”.
Pero cuando un artículo va firmado por Edgar Morin, con el título de Elogio de la metamorfosis, la tentación de leerlo es irresistible, conociendo la agudeza, profundidad y pensamiento abierto de este autor, filósofo, sociólogo preocupado por los temas de actualidad de mayor impacto. Es curioso que cuando abres en Internet su biografía el subtítulo de su nombre es “El pensador planetario de las luciérnagas más luminosos”
Así he considerado yo también este artículo en “La Cuarta página” de El País de domingo 17 de enero.
Hace unos días escribía sobre la conversión, desde un punto de vista religioso cristiano evangélico. De alguna manera esta metamorfosis de Morin iría en esa línea: pero evidentemente que para él se trata del problema no tanto particular o individual, sino el reto más importante de la Humanidad en su conjunto.
Ese grito reiterativo y solemne de los altermundistas de que otro mundo mejor es posible, y de que no solo es posible, sino necesario y urgente lo retrata también Morin en su artículo recordando que no se trata –dice al final- de una esperanza en el mejor de los mundos, sino simplemente en un mundo mejor.
El análisis que hace Morin nos lleva a pensar que frecuentemente la historia ha sufrido metamorfosis, no solo en aquello que los biólogos evolucionistas llaman “mutaciones”, ni sólo en los casos conocidos de determinadas especies cuyo desarrollo está sometido a este tipo de trasformación, sino también en momentos cruciales de los pueblos, las naciones, las civilizaciones, las religiones y las culturas. Momentos que podrían llamarse “estelares” por su enorme significado universal y por los cambios substanciales que han producido o provocado.
Lo triste es que la utopía imaginada, como la metamorfosis soñada, acaban generando algún tipo de anquilosamiento o esclerosis múltiple capaz de apagar la esperanza en aras de una seguridad y una certeza; pero como dice expresamente Edgar Morin, la verdadera esperanza sabe que no es certeza, y muchos con tal de regresar a las certeza, matan la esperanza, como otros que desconociendo a donde lleva la metamorfosis de la oruga acaban con ella no sea que se convierta en un depredador de plantas. Cuando no se tiene confianza en la historia ni esperanza en el ser humano, no hay posibilidad de cambiar nada, ni de conversión profunda y seria, ni modificación de tantas cosas, aun reconociendo que constituyen, tal como están, una calamidad para los humanos y para el planeta.
La esperanza constituye, quizá, la base genérica de donde puede partir la meta-morfosis del mundo y la meta-noia personal. Cinco razones nos presenta Morín que yo resumo así:
El surgimiento de los improbable; Las virtudes generadoras inherentes a la humanidad; la fuerza de la crisis planetaria impulsora de alternativas; los valores que despliega el peligro, añadiendo “allá donde crece el peligro, crece también lo que nos salva”; la eterna y general aspiración humana a la armonía, la paz y la justicia y el sueño de las incansables utopías, el hervidero de iniciativas solidarias caminando en una misma dirección aunque con diversos puntos de partida.
Casi al final de su escrito, que recomiendo, añade:”Hoy, la causa es inequívoca, sublime: se trata de salvar a la humanidad”.
Pensamientos sobre la paz, a propósito de Gandhi
El legado de Gandhi y el de los grandes luchadores no violentos, pero audaces, atrevidos, valientes y arriesgados hasta poner en peligro sus propias vidas, no ha concluido con las celebraciones del Día Escolar de la no violencia y de la Paz que ahora se celebra en los centros escolares sin demasiadas referencias comprometidas. Muchos han sido y siguen siendo los discípulos de Gandhi que están en la brecha, intentando incluso a riesgo de su vida un mundo más justo, en paz, denunciando el vergonzoso e indecente negocio de la armas que seguimos realizando sin el menor desparpajo, y con ese convencimiento que no pudo y no quiso evitar Obama al recibir el premio Nóbel de la Paz, esto es: Que las guerras son un mal necesario para lograr la paz y no un camino totalmente equivocado para solucionar problemas. Las guerras sólo consiguen multiplicar los problemas, no resolverlos. Y no hay ni ha habido una guerra que no haya sido deplorable y destructora y que no haya acarreado destrucción y crecimiento del odio. ¿Qué resuelve una guerra?
Gandhi fue un modelo de quien pudimos aprender que no hay más guerra que la que el hombre tiene que llevar a cabo contra sus demonios interiores, que ante la injusticia lo que cabe es el rechazo más total con una denuncia que frecuentemente implica riesgos. Eso lo vemos con los fiscales que luchan contra la Camorra Napolitana, los vemos en la Gente de Greenpeace, enfrentándose a la cárcel y a las detenciones, lo hemos visto hace poco en Aminatur Haidar, defendiendo los derechos del pueblo Saharaui, lo vemos en los montones de cooperantes, creyentes o no, que viven en los bordes de la pobreza humana, en los bordes del dolor, en las fronteras del olvido, en la cuerda floja para defender la justicia frente a los poderosos que aplastan: Médicos sin fronteras, Manos Unidas, Cruz Roja, Inntermon Oxfam: Cáritas, Entreculturas, Ayuda en Acción, y un gran etcétera que nos recuerda, como ya apuntaba alguien, que el mal arma demasiado escándalo y se convierte fácilmente en Noticia, mientras que el bien trabaja en silencio y actúa sin ruido sin vociferar, procurando que “no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha”.
Esa es casi la única esperanza que le queda al mundo para creer que esta realidad tan triste que nos envuelve y que cae sobre el mundo como un alud devorador, pueda alguna vez resolverse. La no violencia de Gandi es una verdadera re-conversión, un cambio interior, una convicción absoluta respecto de cómo trabajar para cambiar el mundo que no cosiste en otra cosa que derrotar al mal a fuerza de bien.
Lo triste es que quienes mayores recursos poseen, los que están aferrados y apegados a su poder a su dinero y a su nivel de vida, cada día se hacen –o nos hacemos, sálvese quien pueda- más incapaces de esa conversión total que supone la renuncia al bienestar, pero nunca a estar bien con nosotros mismos. Lo que tenemos de alguna manera se ha apegado tanto a nuestro ser que hemos caído en la vieja trampa de que tanto tienes tanto vales, y no estamos dispuestos a perder nuestro valor porque hemos confundido totalmente lo que El legado de Gandhi y el de los grandes luchadores no violentos, pero audaces, atrevidos, valientes y arriesgados hasta poner en peligro sus propias vidas, no ha concluido con las celebraciones del Día Escolar de la no violencia y de la Paz que ahora se celebra en los centros escolares sin demasiadas referencias comprometidas. Muchos han sido y siguen siendo los discípulos de Gandhi que están en la brecha, intentando incluso a riesgo de su vida un mundo más justo, en paz, denunciando el vergonzoso e indecente negocio de la armas que seguimos realizando sin el menor desparpajo, y con ese convencimiento que no pudo y no quiso evitar Obama al recibir el premio Nóbel de la Paz, esto es: Que las guerras son un mal necesario para lograr la paz y no un camino totalmente equivocado para solucionar problemas. Las guerras sólo consiguen multiplicar los problemas, no resolverlos. Y no hay ni ha habido una guerra que no haya sido deplorable y destructora y que no haya acarreado destrucción y crecimiento del odio. ¿Qué resuelve una guerra?
Gandhi fue un modelo de quien pudimos aprender que no hay más guerra que la que el hombre tiene que llevar a cabo contra sus demonios interiores, que ante la injusticia lo que cabe es el rechazo más total con una denuncia que frecuentemente implica riesgos. Eso lo vemos con los fiscales que luchan contra la Camorra Napolitana, los vemos en la Gente de Greenpeace, enfrentándose a la cárcel y a las detenciones, lo hemos visto hace poco en Aminatur Haidar, defendiendo los derechos del pueblo Saharaui, lo vemos en los montones de cooperantes, creyentes o no, que viven en los bordes de la pobreza humana, en los bordes del dolor, en las fronteras del olvido, en la cuerda floja para defender la justicia frente a los poderosos que aplastan: Médicos sin fronteras, Manos Unidas, Cruz Roja, Inntermon Oxfam: Cáritas, Entreculturas, Ayuda en Acción, y un gran etcétera que nos recuerda, como ya apuntaba alguien, que el mal arma demasiado escándalo y se convierte fácilmente en Noticia, mientras que el bien trabaja en silencio y actúa sin ruido sin vociferar, procurando que “no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha”.
Esa es casi la única esperanza que le queda al mundo para creer que esta realidad tan triste que nos envuelve y que cae sobre el mundo como un alud devorador, pueda alguna vez resolverse. La no violencia de Gandi es una verdadera re-conversión, un cambio interior, una convicción absoluta respecto de cómo trabajar para cambiar el mundo que no cosiste en otra cosa que derrotar al mal a fuerza de bien.
Lo triste es que quienes mayores recursos poseen, los que están aferrados y apegados a su poder a su dinero y a su nivel de vida, cada día se hacen –o nos hacemos, sálvese quien pueda- más incapaces de esa conversión total que supone la renuncia al bienestar, pero nunca a estar bien con nosotros mismos. Lo que tenemos de alguna manera se ha apegado tanto a nuestro ser que hemos caído en la vieja trampa de que tanto tienes tanto vales, y no estamos dispuestos a perder nuestro valor porque hemos confundido totalmente lo que somos con lo que tenemos, y no hay falsedad más grande.
Gandhi fue un modelo de quien pudimos aprender que no hay más guerra que la que el hombre tiene que llevar a cabo contra sus demonios interiores, que ante la injusticia lo que cabe es el rechazo más total con una denuncia que frecuentemente implica riesgos. Eso lo vemos con los fiscales que luchan contra la Camorra Napolitana, los vemos en la Gente de Greenpeace, enfrentándose a la cárcel y a las detenciones, lo hemos visto hace poco en Aminatur Haidar, defendiendo los derechos del pueblo Saharaui, lo vemos en los montones de cooperantes, creyentes o no, que viven en los bordes de la pobreza humana, en los bordes del dolor, en las fronteras del olvido, en la cuerda floja para defender la justicia frente a los poderosos que aplastan: Médicos sin fronteras, Manos Unidas, Cruz Roja, Inntermon Oxfam: Cáritas, Entreculturas, Ayuda en Acción, y un gran etcétera que nos recuerda, como ya apuntaba alguien, que el mal arma demasiado escándalo y se convierte fácilmente en Noticia, mientras que el bien trabaja en silencio y actúa sin ruido sin vociferar, procurando que “no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha”.
Esa es casi la única esperanza que le queda al mundo para creer que esta realidad tan triste que nos envuelve y que cae sobre el mundo como un alud devorador, pueda alguna vez resolverse. La no violencia de Gandi es una verdadera re-conversión, un cambio interior, una convicción absoluta respecto de cómo trabajar para cambiar el mundo que no cosiste en otra cosa que derrotar al mal a fuerza de bien.
Lo triste es que quienes mayores recursos poseen, los que están aferrados y apegados a su poder a su dinero y a su nivel de vida, cada día se hacen –o nos hacemos, sálvese quien pueda- más incapaces de esa conversión total que supone la renuncia al bienestar, pero nunca a estar bien con nosotros mismos. Lo que tenemos de alguna manera se ha apegado tanto a nuestro ser que hemos caído en la vieja trampa de que tanto tienes tanto vales, y no estamos dispuestos a perder nuestro valor porque hemos confundido totalmente lo que El legado de Gandhi y el de los grandes luchadores no violentos, pero audaces, atrevidos, valientes y arriesgados hasta poner en peligro sus propias vidas, no ha concluido con las celebraciones del Día Escolar de la no violencia y de la Paz que ahora se celebra en los centros escolares sin demasiadas referencias comprometidas. Muchos han sido y siguen siendo los discípulos de Gandhi que están en la brecha, intentando incluso a riesgo de su vida un mundo más justo, en paz, denunciando el vergonzoso e indecente negocio de la armas que seguimos realizando sin el menor desparpajo, y con ese convencimiento que no pudo y no quiso evitar Obama al recibir el premio Nóbel de la Paz, esto es: Que las guerras son un mal necesario para lograr la paz y no un camino totalmente equivocado para solucionar problemas. Las guerras sólo consiguen multiplicar los problemas, no resolverlos. Y no hay ni ha habido una guerra que no haya sido deplorable y destructora y que no haya acarreado destrucción y crecimiento del odio. ¿Qué resuelve una guerra?
Gandhi fue un modelo de quien pudimos aprender que no hay más guerra que la que el hombre tiene que llevar a cabo contra sus demonios interiores, que ante la injusticia lo que cabe es el rechazo más total con una denuncia que frecuentemente implica riesgos. Eso lo vemos con los fiscales que luchan contra la Camorra Napolitana, los vemos en la Gente de Greenpeace, enfrentándose a la cárcel y a las detenciones, lo hemos visto hace poco en Aminatur Haidar, defendiendo los derechos del pueblo Saharaui, lo vemos en los montones de cooperantes, creyentes o no, que viven en los bordes de la pobreza humana, en los bordes del dolor, en las fronteras del olvido, en la cuerda floja para defender la justicia frente a los poderosos que aplastan: Médicos sin fronteras, Manos Unidas, Cruz Roja, Inntermon Oxfam: Cáritas, Entreculturas, Ayuda en Acción, y un gran etcétera que nos recuerda, como ya apuntaba alguien, que el mal arma demasiado escándalo y se convierte fácilmente en Noticia, mientras que el bien trabaja en silencio y actúa sin ruido sin vociferar, procurando que “no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha”.
Esa es casi la única esperanza que le queda al mundo para creer que esta realidad tan triste que nos envuelve y que cae sobre el mundo como un alud devorador, pueda alguna vez resolverse. La no violencia de Gandi es una verdadera re-conversión, un cambio interior, una convicción absoluta respecto de cómo trabajar para cambiar el mundo que no cosiste en otra cosa que derrotar al mal a fuerza de bien.
Lo triste es que quienes mayores recursos poseen, los que están aferrados y apegados a su poder a su dinero y a su nivel de vida, cada día se hacen –o nos hacemos, sálvese quien pueda- más incapaces de esa conversión total que supone la renuncia al bienestar, pero nunca a estar bien con nosotros mismos. Lo que tenemos de alguna manera se ha apegado tanto a nuestro ser que hemos caído en la vieja trampa de que tanto tienes tanto vales, y no estamos dispuestos a perder nuestro valor porque hemos confundido totalmente lo que somos con lo que tenemos, y no hay falsedad más grande.
domingo, 27 de diciembre de 2009
Acaba el año. Los trabajos y los días
Los asuntos que me pasan por la cabeza como temas para comentar y sugerir reflexiones son tantos como los acontecimientos noticiables que hoy están amontonados en los titulares de prensa y en las entradillas de los telediarios. Hoy leo sobre la muerte de un gran teólogo (Schilleebeeckx) un artículo de Tamayo. Escucho que los israelitas o israelíes o hebreos (¿qué son?) vuelven a las andadas en Gaza y Cisjordania. Me entero que el papa beatifica a Pio XII, encubridor de los crímenes nazis. Se me caen los palos del sombrajo cuando tras una costosísima cumbre sobre el cambio climático, los “grandes de la Tierra” regresan de Copenhague cargados de buenas intenciones de las que se dice que está empedrado el infierno. Los defensores de los derechos humanos acaban en la cárcel en China o recluidos y cercados en su propia casa en el Aiun. Un gran empresario se desentiende de la responsabilidad de haber proporcionado billetes de avión a miles de personas y los abandona a su propia suerte, con falacias y argucias increíbles.
Los gobiernos siguen creciendo como oficinas de grandes negocios cuya primacía está siempre por encima de las personas y su dignidad.
Aminatur Haidar ha despertado del olvido las resoluciones incumplidas de la ONU sobre el Sahara Occidental que Marruecos se sigue pasando por el arco del triunfo y que España sigue olvidando año tras año y vendiendo su dignidad por un plato de lentejas… Y una vez resuelto el embarazoso problema del ayuno a vida o muerte de Haidar volverán a caer en el olvido. El tiempo nos lo dirá.
Así que, a bote pronto, este mundo no es un mundo que te dé demasiadas alegrías ni te conforte de esperanza. Más bien parece que constituye un ejercicio de buena voluntad el mantener la esperanza, la cabeza alta, la utopía en la cabeza y los pies ligeros para seguir avanzando.
Un año nuevo no hará milagro alguno. Sus días se sucederán llenos de sobresaltos y expectativas. No parece que la crisis nos haya sacudido tan fuerte que cambiemos radicalmente lo que se propuso el mundo tras el desastre: Controlar las operaciones financieras de los bancos, imponer la tasa Tobin” a las transacciones financieras por la red, acabar con los paraísos fiscales, vigilar el funcionamiento de la bolsa.
Hay que abrir nuevos campos a las aspiraciones de bienestar que no estén contaminados de afán posesivo, de consumo desaforado, de ambición de tener como si en ello nos fuera la felicidad.
Lo último es dejar de pensar, sentir y estar convencido de que otro mundo mejor es posible, de que puede existir otra forma de plantearse la supervivencia de los humanos, trabajando por la supervivencia del planeta, que es la casa común de los ricos y los pobres; pero lamentablemente -como ya dijera Chesterton, creo- “Dios hace caer la lluvia sobre buenos y malos, pero se mojan más los buenos, porque los malos les han quitado los paraguas”.
Los gobiernos siguen creciendo como oficinas de grandes negocios cuya primacía está siempre por encima de las personas y su dignidad.
Aminatur Haidar ha despertado del olvido las resoluciones incumplidas de la ONU sobre el Sahara Occidental que Marruecos se sigue pasando por el arco del triunfo y que España sigue olvidando año tras año y vendiendo su dignidad por un plato de lentejas… Y una vez resuelto el embarazoso problema del ayuno a vida o muerte de Haidar volverán a caer en el olvido. El tiempo nos lo dirá.
Así que, a bote pronto, este mundo no es un mundo que te dé demasiadas alegrías ni te conforte de esperanza. Más bien parece que constituye un ejercicio de buena voluntad el mantener la esperanza, la cabeza alta, la utopía en la cabeza y los pies ligeros para seguir avanzando.
Un año nuevo no hará milagro alguno. Sus días se sucederán llenos de sobresaltos y expectativas. No parece que la crisis nos haya sacudido tan fuerte que cambiemos radicalmente lo que se propuso el mundo tras el desastre: Controlar las operaciones financieras de los bancos, imponer la tasa Tobin” a las transacciones financieras por la red, acabar con los paraísos fiscales, vigilar el funcionamiento de la bolsa.
Hay que abrir nuevos campos a las aspiraciones de bienestar que no estén contaminados de afán posesivo, de consumo desaforado, de ambición de tener como si en ello nos fuera la felicidad.
Lo último es dejar de pensar, sentir y estar convencido de que otro mundo mejor es posible, de que puede existir otra forma de plantearse la supervivencia de los humanos, trabajando por la supervivencia del planeta, que es la casa común de los ricos y los pobres; pero lamentablemente -como ya dijera Chesterton, creo- “Dios hace caer la lluvia sobre buenos y malos, pero se mojan más los buenos, porque los malos les han quitado los paraguas”.
lunes, 14 de diciembre de 2009
¿Celebrar la Navidad?
No andan los tiempos para muchas felicitaciones, ni mucho jolgorio, regalos, luminarias o festejos excesivos.
La cosa está que arde, y buscar a los hombres de buena voluntad no es que sea imposible, pero resulta ya algo complicado y difícil.
Volver a la Navidad como creyente, a esto que Pablo llamó locura de dios y manifestación de la filantropía (humanismo) de nuestro Dios, nos arrastra necesariamente a la huida de este “montaje” que va desde los villancicos (lo más ingenuo a veces) al consumo desaforado de alimentos y bebidas, al desafortunado despilfarro en regalos obligados…
Lo peor es que, sintiéndolo de alguna manera, nos escuece la herida de la humanidad desahuciada, de los recién nacidos condenados a morir de inanición, de los que este invierno pasarán una y otra noche rodeados de un frío feroz (que, como decía Maruja Torres deja helado el aliento de los villancicos), sin que bajen ángeles a deslumbrarles o sorprenderles con bellas canciones celestiales.
Nadie les indicará a ellos el camino de Belén, porque llevan allí, en ese campo de refugiados, en esa especie de establo colectivo, demasiado tiempo, despojados de todo menos de la esperanza en los otros humanos… Ojalá no les defraudemos.
Muchos, afortunadamente para nosotros, no conocen más que ese espacio reducido en el que comer, beber o lograr alguna forma de trabajo para sobrevivir, es una aventura cada día; pero ignoran el egoísmo increíble, la abundancia, el olvido, el desconocimiento, y la insensibilidad de quienes vivimos rodeados de todos los regalos.
Poco queda que celebrar, salvo dar pábulo a nuestro orgullo y hacer ostentación de nuestra abundancia, lanzando a la inmensa mayoría de la humanidad una bofetada de indiferencia y una modesta limosna, ofrecida por teléfono mientras disfrutamos calentitos, sentados alrededor de nuestra mesa camilla del maratón solidario de la tele.
La cosa está que arde, y buscar a los hombres de buena voluntad no es que sea imposible, pero resulta ya algo complicado y difícil.
Volver a la Navidad como creyente, a esto que Pablo llamó locura de dios y manifestación de la filantropía (humanismo) de nuestro Dios, nos arrastra necesariamente a la huida de este “montaje” que va desde los villancicos (lo más ingenuo a veces) al consumo desaforado de alimentos y bebidas, al desafortunado despilfarro en regalos obligados…
Lo peor es que, sintiéndolo de alguna manera, nos escuece la herida de la humanidad desahuciada, de los recién nacidos condenados a morir de inanición, de los que este invierno pasarán una y otra noche rodeados de un frío feroz (que, como decía Maruja Torres deja helado el aliento de los villancicos), sin que bajen ángeles a deslumbrarles o sorprenderles con bellas canciones celestiales.
Nadie les indicará a ellos el camino de Belén, porque llevan allí, en ese campo de refugiados, en esa especie de establo colectivo, demasiado tiempo, despojados de todo menos de la esperanza en los otros humanos… Ojalá no les defraudemos.
Muchos, afortunadamente para nosotros, no conocen más que ese espacio reducido en el que comer, beber o lograr alguna forma de trabajo para sobrevivir, es una aventura cada día; pero ignoran el egoísmo increíble, la abundancia, el olvido, el desconocimiento, y la insensibilidad de quienes vivimos rodeados de todos los regalos.
Poco queda que celebrar, salvo dar pábulo a nuestro orgullo y hacer ostentación de nuestra abundancia, lanzando a la inmensa mayoría de la humanidad una bofetada de indiferencia y una modesta limosna, ofrecida por teléfono mientras disfrutamos calentitos, sentados alrededor de nuestra mesa camilla del maratón solidario de la tele.
domingo, 13 de diciembre de 2009
El Ayuno de Aminatu Haidar desvela la hipocresía de los gobiernos y la solidaridad de los pueblos
Quien dejó escrito “los gobiernos son oficinas de negocios” no erró ciertamente.
Cuando el ministro Moratinos, en referencias al caso de Aminatu Haidar tiene el cinismo y el sarcasmo de sugerir que esta activista emplee otros medios de lucha que no pongan en peligro su vida, como si hubiera realmente otros, es simplemente una bofetada a Aminatu y a todo el pueblo saharaui y al Frente POLISARIO, que optó por escoger una lucha que no pusiera en peligro sus vidas ni las de nadie, declarando un alto el fuego en la guerra que mantenían con Marruecos, confiando en la buena mediación de Naciones Unidas, cuyas resoluciones sobre el Sahara occidental y el referéndum de autodeterminación, suponía un paso adelante. Pero que ni han sido forzadas por la comunidad internacional, ni por los sucesivos gobiernos de España, incluido éste, ni respetadas un solo momento por el rey de Marruecos que se ha pasado por el forro de su chilaba todas esas resoluciones y todos los intentos de acercamiento.
Su ambición anexionista le ha llevado a desoír cualquier palabra que le pueda acercar al reconocimiento de la diversidad en ese territorio llamado Sahara., Ahora, con la política de los hechos consumados que le caracteriza, y con el más absoluto de los desprecios hacia las resoluciones de Naciones Unidas (por cierto, no menos que Israel), considera que cualquiera que intenta que se reconozca la autonomía del Sahara Occidental no es más que un terrorista que atenta nada menos que contra la integridad territorial de Marruecos, declarada unilateralmente por el monarca alauita.
Así que el gobierno español, que desde hace treinta y cuatro años con la marcha verde dejó a su suerte (bastante mala por cierto) al pueblo saharaui, ni siquiera tuvo el valor de reconocer al frente POLISARIO, aunque verbalmente le daba apoyo de pura boquilla.
Los sucesivos gobiernos no han hecho sino echar tierra al asunto y dejar que sea sólo el pueblo de España –no sus gobiernos- quien haya prestado su apoyo moral y solidario al Frente POLISARIO y a los refugiados saharauis de Tinduf en Argelia.
La lucha de Aminatu, al más puro estilo Gandhiano es una forma no violenta de defender un derecho que se basa en la justicia y la razón.
La dictadura marroquí, pues no cabe señalarla de otro modo, ha acallado cualquier tipo de gesto solidario con los saharauis, bajo las amenazas que ya han sufrido tanto Aminatu como otros que han intentado luchar por el derecho de su pueblo de fomra pacífica: sabemos donde están: en la cárcel, y, como Aminatu, sin pasaporte ni marroquí ni saharaui, ni con el DNI español que muchos tuvieron pero que ha ido caducando con el paso del tiempo hasta hacer imposible generar un censo, necesario para llevar a cabo el referéndum.
Mientras tanto el gobierno español tiene muchos intereses que defender, menos los del pueblo saharaui: convenios pesqueros, acuerdos preferentes de exportación de productos de huerta en competencia desleal, pero que conviene a Marruecos y a las empresas importadoras de Europa; los intereses generados por la explotación de los fosfatos y otros negocios. Ponerse a mal con Marruecos trae malas consecuencias, ya han enseñado las orejas con la visita del Rey a las ciudades españolas limítrofes con Marruecos: Ceuta y Melilla.
Es verdad que cuando uno no quiere dos no se pelean, pero también que cuando uno no quiere dos no pueden ponerse de acuerdo. Y la testa coronada de Mohamed V es dura como las rocas del Atlas.
El ministro de exteriores marroquí afirmó: “Marruecos no se deja llevar por el chantaje”. Todos sabemos claramente que no, precisamente porque Marruecos practica el chantaje y ya amenazó con romper acuerdos con España en materia de seguridad e inmigración, si seguían las presiones. Y desde 1975 ha chantajeado al mundo y a Naciones Unidas con su política de los hechos consumados y de no importarle ni los derechos humanos ni el Derecho Internacional. Lo dicho, las resoluciones de Naciones Unidas son para Maruecos papel mojado.
Así es imposible dialogar o negociar nada.
Necesitaremos un milagro para que Aminatur escape de esta y este hecho no constituya una indigna victoria más de Marruecos contra las reivindicaciones del pueblo que defiende esta mujer sólo con el riesgo de su propia vida.
Si muere, se convertirá en poco tiempo, en un episodio más que pasa al olvido... Y vamos para 35 años.
Cuando el ministro Moratinos, en referencias al caso de Aminatu Haidar tiene el cinismo y el sarcasmo de sugerir que esta activista emplee otros medios de lucha que no pongan en peligro su vida, como si hubiera realmente otros, es simplemente una bofetada a Aminatu y a todo el pueblo saharaui y al Frente POLISARIO, que optó por escoger una lucha que no pusiera en peligro sus vidas ni las de nadie, declarando un alto el fuego en la guerra que mantenían con Marruecos, confiando en la buena mediación de Naciones Unidas, cuyas resoluciones sobre el Sahara occidental y el referéndum de autodeterminación, suponía un paso adelante. Pero que ni han sido forzadas por la comunidad internacional, ni por los sucesivos gobiernos de España, incluido éste, ni respetadas un solo momento por el rey de Marruecos que se ha pasado por el forro de su chilaba todas esas resoluciones y todos los intentos de acercamiento.
Su ambición anexionista le ha llevado a desoír cualquier palabra que le pueda acercar al reconocimiento de la diversidad en ese territorio llamado Sahara., Ahora, con la política de los hechos consumados que le caracteriza, y con el más absoluto de los desprecios hacia las resoluciones de Naciones Unidas (por cierto, no menos que Israel), considera que cualquiera que intenta que se reconozca la autonomía del Sahara Occidental no es más que un terrorista que atenta nada menos que contra la integridad territorial de Marruecos, declarada unilateralmente por el monarca alauita.
Así que el gobierno español, que desde hace treinta y cuatro años con la marcha verde dejó a su suerte (bastante mala por cierto) al pueblo saharaui, ni siquiera tuvo el valor de reconocer al frente POLISARIO, aunque verbalmente le daba apoyo de pura boquilla.
Los sucesivos gobiernos no han hecho sino echar tierra al asunto y dejar que sea sólo el pueblo de España –no sus gobiernos- quien haya prestado su apoyo moral y solidario al Frente POLISARIO y a los refugiados saharauis de Tinduf en Argelia.
La lucha de Aminatu, al más puro estilo Gandhiano es una forma no violenta de defender un derecho que se basa en la justicia y la razón.
La dictadura marroquí, pues no cabe señalarla de otro modo, ha acallado cualquier tipo de gesto solidario con los saharauis, bajo las amenazas que ya han sufrido tanto Aminatu como otros que han intentado luchar por el derecho de su pueblo de fomra pacífica: sabemos donde están: en la cárcel, y, como Aminatu, sin pasaporte ni marroquí ni saharaui, ni con el DNI español que muchos tuvieron pero que ha ido caducando con el paso del tiempo hasta hacer imposible generar un censo, necesario para llevar a cabo el referéndum.
Mientras tanto el gobierno español tiene muchos intereses que defender, menos los del pueblo saharaui: convenios pesqueros, acuerdos preferentes de exportación de productos de huerta en competencia desleal, pero que conviene a Marruecos y a las empresas importadoras de Europa; los intereses generados por la explotación de los fosfatos y otros negocios. Ponerse a mal con Marruecos trae malas consecuencias, ya han enseñado las orejas con la visita del Rey a las ciudades españolas limítrofes con Marruecos: Ceuta y Melilla.
Es verdad que cuando uno no quiere dos no se pelean, pero también que cuando uno no quiere dos no pueden ponerse de acuerdo. Y la testa coronada de Mohamed V es dura como las rocas del Atlas.
El ministro de exteriores marroquí afirmó: “Marruecos no se deja llevar por el chantaje”. Todos sabemos claramente que no, precisamente porque Marruecos practica el chantaje y ya amenazó con romper acuerdos con España en materia de seguridad e inmigración, si seguían las presiones. Y desde 1975 ha chantajeado al mundo y a Naciones Unidas con su política de los hechos consumados y de no importarle ni los derechos humanos ni el Derecho Internacional. Lo dicho, las resoluciones de Naciones Unidas son para Maruecos papel mojado.
Así es imposible dialogar o negociar nada.
Necesitaremos un milagro para que Aminatur escape de esta y este hecho no constituya una indigna victoria más de Marruecos contra las reivindicaciones del pueblo que defiende esta mujer sólo con el riesgo de su propia vida.
Si muere, se convertirá en poco tiempo, en un episodio más que pasa al olvido... Y vamos para 35 años.
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