viernes, 26 de agosto de 2016

¿Aplicar la misericordia o el Derecho canónico?

Hay varios pasajes de los evangelios en que es claro que Jesús acaba escandalizando a aquellos que representaban la ortodoxia y la fidelidad literal a las normas establecidas en la ley judaica. Es notorio lo que ocurrió en casa del Simón, es notorio lo que pasó con la adúltera a punto de ser apedreada, es notorio el enfado que producía la actitud de Jesús de poner al “hombre” por delante del sábado. Es notorio que cuando Jesús hablaba de colar el mosquito y tragarse el camello, que cuando curaba en sábado o cuando sus discípulos cogieron unas espigas para trillarlas con sus propias manos y poderse llevar algo a la boca, pues estaban hambrientos… siempre arrancaba la indignación de los “guardianes de la ley”. En fin todo eso levantó a los fidelísimos y ortodoxos fariseos para poner el grito en el cielo y escandalizarse, porque para Jesús no había más ley que la del amor y el amor va más allá de toda ley. Mientras no seamos conscientes de la penosa evolución que sufrió el cristianismo desde el punto y hora en que se convirtió en la religión “oficial” del Imperio Romano, y de la evolución mantenida a través de largos siglos de ser “colonizado y manejado” por el poder de los imperios, hasta convertirse ella misma, la Iglesia, en una institución rodeada de poder, de lujo, de grandiosidad y de una parafernalia propia del sacro romano imperio romano germánico o del imperio Carolingio hasta lograr el máximo poder sobre reyes y emperadores del mundo, impartidora de dignidades y territorios, dotada de un gran ejército, volcada en atender los intereses de determinados reyes;… mientras no nos demos cuenta que la evolución del papado, de ser un servicio a los cristianos se convirtió en una monarquía absoluta, autoritaria e intransigente muy lejos del espíritu de aquel al que dice seguir y que fue eso en gran parte lo que provocó, primero la separación de las iglesias orientales hoy llamadas ortodoxas, y lo que impulsó luego la iniciativa, a mi parecer sincera, de la reforma luterana, frente a un primado ejercido con un espíritu antitético al de Jesús de Nazaret, que hubiera llegado látigo en mano a arrojar de nuevo a los mercaderes de un templo construido con el poder del dinero y el sufrimiento de los pobres, con aquella magnificencia que hizo exclamar a Jesús “no quedará de ti, piedra sobre piedra”, refiriéndose al templo, templo que nunca estuvo dentro del proyecto de Jesús. El templo de Dios es el corazón de los humanos, y como “comunidad” formamos un templo en el que Dios viene a habitar en él. Dios no necesita un templo construido por la mano del hombre. Pero, es verdad, han ido pasando tanas cosas, nos hemos acostumbrado a tantas formas, ceremonias, pensamientos, modos de ver nuestra fe y nuestro cristianismo, que ahora, volver a ponernos en la mirada de aquel Jesús, marginal y vagabundo, aquel Jesús mal vestido y acompañado de unos pobres pescadores, seguido de enfermos, leprosos, mujeres, y chiquillos, recorriendo caminos de Galilea, enfrentándose a letrados, escribas, fariseos, sacerdote y senadores con su manera de comportarse tan “libertina” y “arbitraria”, nos parece tarea imposible. Escuchar aquello de “misericordia quiero y no sacrificios” suena de una manera muy distinta en sus labios que en la prédica de los sacerdotes. Decir: anda vete, yo tampoco te condeno, parece imposible hoy en que “la doctrina y los cánones del derecho” son más importantes que el acercamiento misericordioso a las personas. Creo que el tiempo nos ha hecho engolarnos con la verdad, ensoberbecernos con la doctrina, endiosarnos arropándonos en la “palabra de Dios”. Nos hemos convertido en intérpretes absolutos y seguros del saber lo que Dios quiere en un arrebato de soberbia y engreimiento, interpretando lo que nos interesa y a nuestro favor de las palabras más claras de Jesús: “no será así entre vosotros, el que quiera ser el primero que sea el último de todos”. No os hagáis llamar padres ni maestros, ni excelencias, ni os deis títulos, porque uno sólo es vuestro maestro.

domingo, 21 de agosto de 2016

Autenticidad versus fanatismo. Los fanáticos no son locos sino creyentes hasta la médula. Así lo entiende el antropólogo Manuel Mandiane. Este hecho es el que hace temible el fenómeno del terrorismo islámico, pero también toda otra forma de fanatismo de cariz religioso. Creer al pie de la letra e interpretar literalmente las escrituras que hemos dado en llamar “sagradas” y llevar la fe a ultranza más allá de la razón, puede conducir a los “creyentes” a la más absurda de las irracionalidades, despreciando la vida de los demás y creyendo que se puede “matar en nombre de Dios” Que la desacralización haya llevado a caer en el terrible error de desoír aquella advertencia del Evangelio: “no podéis servir a Dios y al Dinero”, y que éste se haya convertido en el falso dios al que se vuelven todos los no creen ya en otra cosa que en el poder de la riqueza, o en poner al dinero como el becerro de oro al. que adorar, es un hecho que (aun con toda su gravedad) no puede justificar la acción terrorista indiscriminada como un ataque a lo que representa la cultura occidental secularizada, profana y laica. No puedo entender tampoco el fanatismo israelí respecto del territorio palestino más que como una fe intransigente e inamovible en que el territorio de Palestina fue la heredad que Yahvé entregó a su pueblo y que el Israel actual (al menos la facción ultraortodoxa) no deja de contemplar como irrenunciable la idea de quedarse con todo el territorio sin aceptar bajo ningún concepto la doble nación Israel y Palestina. Este es el fanatismo judío. No son locos, -como dice Mandiane- son creyentes absolutos que interpretan a pie juntillas lo que está escrito en el libro, por absurdo e ilógico que hoy pueda parecernos. En el posmodernismo se dice que Dios ha muerto, no porque haya sido destruido, sino porque todo lo que se oponga a un humanismo razonable y racional, por religioso o revelado que nos parezca no entra fácilmente en los cálculos de la gente de hoy. ¿Es compatible creer con pertenecer a una cultura científico-técnica, como la de hoy? Muchas personas inteligentes, en diversos momentos de la historia, han creído. Esto lleva a pensar que creer no es necesariamente una actitud fanática, irracional, sino que es compatible con una actitud racional, que enjuicie y valore las verdades que se creen, porque es la razón únicamente la que nos puede conducir a la fe, como una decisión libre que entiende razonables la creencia, y siempre como un “obsequio razonable” del que habla el apóstol Pablo. Pero si creer o la fe son actos libres y orientados por la razón es un verdadero disparate querer imponer la ley musulmana, (o la Sharia como una concreta interpretación más restrictiva). Como lo era también la imposición de la fe cristiana en aquellos tiempos en que la espada iba abriéndole camino a una fe mal entendida, pero que no se corrigió ni siquiera a instancias de aquellos que denunciaron determinados disparates, como Francisco Suárez, Francisco de Vitoria, o Bartolomé de las Casas Por todo esto lo que verdaderamente importa de las diversas formas de creer o de las distintas fe que puedan tener los seres humanos, inspirados en diversas fuentes y dando diversos nombres al Único, Creador y origen de todo, es ser auténticos y entender tanto la Yihad como el concepto de misión como el compromiso de “ofrecer” a todo ser humano un camino cuyas características fundamentales –aunque dirigidas a lo más trascendente- deben ser el humanismo y el respeto a los derechos humanos; y solamente dentro de este marco habrá que plantear el principio de tolerancia o intolerancia. Que cada creyente sea consecuente con su fe y que trabaje por humanizar el mundo. No otro mensaje es el que –al menos los cristianos- tenemos de nuestro Maestro: Dios inserto en el proyecto humano para la plena Humanización. En otro tiempo con la intransigencia y la intolerancia también la Iglesia católica, persiguió, condenó, pasó a cuchillo y quemó en la hoguera; llevó a cabo cruzadas contra el infiel y confundió sin duda el estilo humilde y misericordioso de su maestro Jesús hasta “perder los papeles”. No lo olvidemos para entender lo que sucede; pero lo que ha de condenarse ha de condenarse sin paliativos porque ni se justifica en los libros sagrados ni tiene sentido desde un humanismo elemental del que hemos de partir siempre creyentes y no creyentes.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Viaje de ida

Este mes nos trae irremediablemente a la mente la muerte, la inmisericorde poseedora de la guadaña fatal que arrebata nuestro bien más preciado amable y amado. La visita a los cementerios se ha convertido en los primeros días del mes, “por los Santos”, en un obligado camino de ida y vuelta para quienes se acercan a colocar unas flores junto a la lápida de aquellos que se nos fueron en este viaje de ida sin billete de vuelta. Un cierto nihilismo está detrás de todos los miedos a la muerte. Mientras vivimos tratamos de olvidar que día a día, avanzamos, como ya dijo, según creo, Simone Well, hacia un lugar adonde no queremos ir. Simone Well era mística, pero ni siquiera la mística te roba del todo ese temor que el misterio de la muerte esconde en el instante siguiente a tomar el tren que te lleva, no sabemos cómo, si a un viaje astral, si a un viaje sideral hasta fundirnos con el infinito, o si nos integramos –con la fe- en el sustrato mismo de la divinidad, como en una fusión total con el fuego último que hace aflorar toda forma de vida. El hecho es que –no sé si para olvidarnos o para tenerla más presente- en estos días hemos llenado de luz, de flores, de color, la tristeza del luto que tan a menudo nos visita. No sé si los excesos de flores, de luces, de decoración, van formando parte de los ritos y hábitos que impone la sociedad de consumo, porque no queremos “ser menos” que nadie o que parezca de nuestros seres queridos no son bien recordados. El hecho es que sorprende tanta exuberancia
. En fin todos tenemos comprado el billete, como cuando vas a volar en avión, pero solamente lo validan el día en que realmente te embarcas. Esta incertidumbre debería quizás impulsarnos a considerar con menos énfasis las cosas del presente y valorar cómo vivimos y cómo nos comportamos. El evangelio de Mateo, capítulo 25, nos muestra una parábola que nos recuerda qué es lo único que podemos llevarnos de valor en esta travesía. Al menos valdrá para los creyentes.

Adviento: Ven, ven, Señor, no tardes, ven, ven que te esperamos.

Recuerdo en estos días aquella canción de Cesáreo Gabaráin, porque espera, esperanza, venida, llegada, son palabra muy relacionadas, que se hacen presente en este tiempo de adviento prenavideño Sería bueno, a estas alturas de los tiempos desmitificar el espacio: el cielo, el infierno, el abismo, desmitificar incluso el concepto de que Dios se mueve, de que Dios sube o baja., de que Dios va y viene Es posible, como he apuntado en mi primer artículo sobre los cimientos de la fe, que nunca lleguemos a entender lo que significa esa palabra tan socorrida y tan abusivamente utilizada “Dios”. La “aparición” de Dios en medio de nosotros mediante un proceso tan “humano” como la gestación en el seno de una mujer (virgen) y tan delicado como un parto, más que un acto de movimiento de arriba abajo, que también es muy significativamente mítico, pero absolutamente válido, es una epifanía, una manifestación, un emerger lo que ya estaba “encerrado” en el universo, como fuerza, como luz, como energía, como amor. No estamos a la espera de una nueva llegada de Dios. Simplemente rememoramos, recordamos el comienzo, mítico si se quiere, pero totalmente clarificador desde el punto de vista de la fe, de cómo Dios se revela, destruyendo todos los otros mitos a los que nos aferramos a veces por “tener claro” lo que en este fenómeno significa. Fenómeno procede del griego (faino). Es sorprendente consultar el diccionario griego para comprobar la enorme riqueza semántica, y significativa. Así, a bote pronto, significa, lo que está patente, lo que está a la vista, pero significa también portento, prodigio o maravilla, manifestación, iluminación… Dios, tal como aparece en el mundo una flor, partiendo de un brote de la rama; primero es una cápsula que mediante los sépalos oculta lo que va creciendo dentro del óvulo; tal como un útero materno donde día a día se desarrolla el maravilloso proceso de la gestación de un ser humano. Llega un momento en que se abren los sépalos que ocultan la flor y surge paulatinamente en toda su belleza. También Dios se ha dejado ver cuando, llegada la madurez, es dado a luz, y en este caso no solamente consideramos que viene a la luz y que es iluminado, sino que nos llega de alguna manera la Luz, la primigenia luz creada por la palabra desde el principio. No hay un pasaje más bello y significativo de lo que es este adviento, esta llegada o de lo que esta afloración significa, como la descripción del prólogo del Evangelio de San Juan, pura teología primigenia. Y probablemente en paralelo con este pasaje de Juan encontremos en la carta a los Hebreos otra clarificación no menos sugerente, para entender el tiempo pasado y el valor que adquiere lo profundamente humano en relación a la “llegada”, “aparición”, manifestación del dios desconocido que se da a conocer. El primer pasaje (Juan, 1, 1 y sig.), comienza con el principio. Al principio existía la palabra, el Logos; el Proyecto de Dios, se ha ido preparando a lo largo de los siglos, para ponerse de manifiesto en un momento preciso de la Historia (la cumbre del tiempo eje, siguiendo la teoría de Karl Jaspers). Y la Palabra se hizo debilidad, (se hizo carne) se encarnó, apareció como hombre y “puso su tienda” (de campaña) entre nosotros, porque somos todavía nómadas, caminantes, y buscadores. El segundo pasaje de Hebreos, véase cap.1, versículos 1 y 2, describe que ha pasado el tiempo de los patriarcas y los profetas del Antiguo Testamento porque Dios, “en persona” nos habla ahora. Conclusión por hoy. El Dios que llena el universo está dentro de cada uno y se muestra en la debilidad de los humanos y en los humanos más débiles. Ahora, como decía en el anterior artículo, se ha abierto un nuevo tiempo para “buscar a Dios”. Solamente nos falta abrir los ojos a la realidad de nuestra tierra; hace mucho tiempo que Él esta aquí. Y cierro esta columna con otra canción, esta vez de M. Manzano. “Con vosotros está y no le conocéis…” Es estupendo sentirla y cantarla en Adviento y en Navidad.

El humanismo como medida de las religiones

No cabe duda de que las religiones son un producto humano, (Mi profesor de metafísica no lo consideraba algo esencial al ser humano, sino producto del ex´sistir, un existencial) aunque con un referente a la Trascendencia, denomínese ésta como se quiera, porque ante el hecho metafísico, todos los seres humanos y todas las religiones tienen el mismo tropiezo, escalón o conflicto. Dios –tome el nombre que tome, según culturas, religiones o civilizaciones- es Inasible, Inmanipulable, Absoluto, Infinito y en todo caso fuera del alcance de la mente humana. Los teólogos afirmaron entre ellos Santo Tomás de Aquino, que solamente cabe hacer teología negativa, es decir solo podemos afirmar lo que Dios no es. Hablar de un “concepto de Dios” ya es una verdadera contradicción porque indicaría que ha quedado encerrado en una definición. Y si aceptamos que podemos “de-finir” a Dios es que le hemos puesto límites y fronteras. Y si nos empeñamos en ello lo único que garantizamos de esta manera es que Dios es un con-cepto, es decir ha sido concebido por la mente humana. Esto constituiría lo que en cierta ocasión dijo Feuerbach. El hombre ha creado a sus dioses a su imagen y semejanza. Habría que recordar con frecuencia aquel mensaje que san Agustín recibe del niño que jugaba en la playa queriendo agotar el agua del mar echándola con una concha sobre un pequeño agujero… “Si piensas que es imposible que el agua del mar quepa en este agujero, ¿cómo pretendes encerrar el misterio de Dios en la pequeñez de tu cabeza? Un principio universal de la mayoría de las religiones y los movimientos místicos y proféticos se resume en aquello en que incide también Jesús en el Evangelio. Ama al prójimo como a ti mismo. No hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti. O el mandato que dio Jesús en la Cena: Amaos unos a otros como yo os he amado, en esto conocerán que sois mis discípulos. O lo que dijera Agustín de Hipona: Ama y haz lo que quieras. La simpleza de los primeros mandatos de las religiones se enfrenta a la complicada tramoya en que se han convertido los preceptos múltiples con que las religiones nos asedian. Naturalmente todo ese montaje de realidades colaterales se “justifica” de muy diversas maneras para darles los visos de autenticidad y validez universal. “Para haber un solo Dios, -escribió en cierta ocasión A. Gala- hay demasiadas maneras de adorarlo, y lo primero que habría que preguntarse es si Dios en realidad quiere “ser adorado”. No basta con saber –que me parece fundamental- que en la fe cristiana Dios se ha hecho Hombre, Dios se ha humanizado, Dios ha revelado su Humanidad, o su filantropía de la que habla expresamente San Pablo, quien añade además que Dios asumió una “kenosis”, es decir un vaciamiento de sí mismo para tomar la condición humana, haciéndose uno de tantos. Después todo se ha divinizado, todo se ha sacralizado. Luego no hemos querido ver a Dios hecho un esclavo, sino que le hemos elevado de nuevo a la categoría de la que Él se despojó. Fue esta ausencia de Dios inmaterializado la que despertó la tentación de los hebreos en el desierto hasta considerar una necesidad realizar una representación de la divinidad mediante un “becerro de oro”. Esta tentación es permanente en los humanos: si dios es inasible, hagamos algo a lo que podamos agarrarnos, si Dios es invisible, hagamos una imagen, un icono a través del cual lo podamos imaginar. Posiblemente una de las más profundas revelaciones del Génesis es que dios modeló al ser humano a su imagen y semejanza, es decir les infundió un soplo de su ser espíritu. Y al otro extremo de los libros reveladores –como me gusta llamarlos- está el Nuevo Testamente en que Dios mismo se revela en forma humana, como la plenitud del Hombre, como el ser en el que habita la plenitud de la divinidad. El Logos (el principio creador) se hizo debilidad (kai logos sark egeneto) y en le ángelus cada día concluimos con esta hermosa verdad: “y habitó entre nosotros”. Si a una religión no la caracteriza su humanismo, el respeto a la vida humana, la consideración de todo otro como un hermano… ¿Vale para algo o sirve de fundamento para una forma de vida?

jueves, 1 de mayo de 2014

Después de Semana Santa ¿Qué queda de la Semana Santa?

El eco de saetas estremecedoras, el diluido perfume del incienso mezclado con el azahar de nuestros naranjos callejeros, la cera pegada a los pavimentos de las calles del itinerario procesional, una lágrima y un estremecimiento del corazón en la contemplación de las imágenes que nos recuerdan una historia con final feliz y salvador…Una noche de luz en la Vigilia Pascual con el fuego que quema lo inútil, pero que nos regala todavía el calor y la luz Pero no es eso únicamente lo que importa que quede. Yo me preguntaba el otro día, contemplando en la televisión los numerosos pasos procesionales, ¿Adónde va el Nazareno, con cruz de plata y manto recamado, con corona de espinas plateada, con las potencias brillantes sobre su cabeza sangrante? ¿Adónde va la sencilla mujer de Galilea, María, su Madre, cargada de oro, con largo manto de lujo y fiesta, con corona de oro o de plata…? Yo sólo recuerdo sus palabras: “porque has mirado la pequeñez de tu esclava…”. La semana comenzó con aquella entrada a Jerusalén en olor de multitud, con el reconocimiento del pueblo sencillo de su condición de enviado, de profeta, de Mesías, ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! En el acontecimiento de aclamación de Jesús solo había unas voces disonantes. Unos fariseos que pidieron a Jesús que acallara a la gente. Después de ponerlos en evidencia reprochándoles su ceguera y profetizando un futuro aciago, continuó hacia el templo donde realizó otro gesto profético y blasfemo, a los ojos de los que cuidaban y mantenían el templo. Echó fuera a los mercaderes y a los que cambiaban las monedas, denunciando el mercantilismo que se llevaba a cabo en lo que debía ser casa de oración y no “cueva de ladrones”. Jesús empezó así a ganarse a los sencillos, de manera que señala el mismo evangelista: “el pueblo en masa madrugaba para acudir al templo a escucharlo. (Lc. 22,38), pero, según Lucas, “los sacerdotes y los letrados intentaban quitarlo de en medio y lo mismo los notables del pueblo, pero no encontraban medio de hacer nada porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios”” (Lc.19,47-48), Hasta el punto que los capítulos 20 y el 21 de Lucas, ponen de manifiesto el enfrentamiento entre los dirigentes religiosos que plantean la muerte de Jesús, pero se cuidan de evitar el levantamiento popular. Así que la muerte de Jesús fue planeada y llevada a cabo por aquellos que no podían aceptar que se pusieran en tela de juicio sus “principios” que chocaban tan de lleno con las palabras del profeta Jesús. José Ignacio González Faus interpreta estos momentos cumbres de la vida de Jesús como “Memoria subversiva”, porque, inevitablemente los planteamientos de Jesús, desde que arrancara su predicación en el sermón del monte: “dichosos los pobres, dichosos los que lloran, los pacíficos, los perseguidos a causa de defender la justicia…” .”Habéis oído que se dijo… pero yo os digo…” rompían a las claras una visión religiosa lejana al nuevo proyecto de Dios en Jesús. Y fue la coherencia con su predicación y su anuncio de la buena noticia lo que le acarreó las últimas consecuencias que sucedieron esos días. Jesús constituye pues una ruptura no con el Dios de Israel, sino con la religión que rodeaba a la Alianza sellada por Dios con el pueblo, cargada en exceso de legalismo (“echáis en los hombros de la gente cargas que ni vosotros sois capaces de llevar…”) y ritualismo, hasta el punto que ya muchos de los profetas, Amós, Oseas, Jeremías, Exequiel, Isaías, levantaron la voz denunciando que antes que los sacrificios y los holocaustos está la misericordia (misericordia quiero y no sacrificios) y la atención a extranjeros, huérfanos y viudas, (es decir los que carecen de apoyo y viven en la pobreza). Jesús prevé las consecuencias de su postura frente a fariseos, escribas, letrados y sacerdotes. La cena que prepara con sus seguidores más cercanos sirve de marco para firmar su testamento. Se da a sí mismo como herencia, se arrodilla como un sirviente ante los discípulos, les entrega como una nueva tabla este único mandamiento nuevo: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado, en esto conocerán que sois mis discípulos…”. Les reparte el pan convertido en su cuerpo entregado sin regatear, comparte con ellos el vino constituido ya en la sangre que va a derramar para firmar con ella la entrega total de la vida, estableciéndola como sello del una alianza, un testamento nuevo. El valor de este gesto es el “verdadero memorial” en el que el seguidor de Jesús ha de reflejarse “entregando sincera y generosamente, con desprendimiento absoluto su propia vida”. Lo que hace a Jesús sacerdote es ser él mismo quien ofrece su ser por la salvación de los seres humanos; lo que constituye al cristiano sacerdote, desde su compromiso bautismal (así debería ser) es que su vida va a ser una continua entrega, siguiendo los pasos de aquel en cuyo nombre ha sido incorporado a la comunidad. El viernes santo realiza (es decir lo hace real) la donación del cuerpo y el derramar la sangre prefigurada en la celebración de la cena de la víspera. Un sepulcro sellado es el paso de los seguidores por la inseguridad, por la incertidumbre, por el fracaso incluso. (Jesucristo, Jesucristo, ¿de qué ha servido tu sacrificio?, cantaba aquella ópera de Jesucristo SuperStar). Pero ya había adelantado Jesús en sus palabras: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere no da fruto, pero si se pudre bajo tierra dará fruto, renacerá la espiga”. La experiencia de las mujeres y de los discípulos a partir del domingo de resurrección es que el mismo Jesús, levantado a la categoría de Señor está ahora entre nosotros, en los caminos de Emaús, que son todos los caminos que nos alejan de la esperanza o que nos empujara al sentimiento de fracaso y al sinsentido, y está cuando se reúnen dos o tres en su nombre, o cuando se celebra el ágape de la eucaristía, donde el propio Jesús se convierte en la energía que nos da aquel pan de vida del que nos habla el evangelio de Juan. El mundo necesita de creyentes que reproduzcan en sus vidas el camino de Jesús, todo su camino hasta ese momento culminante de dolor primero y de luz después que no es más que consecuencia de la coherencia en el seguimiento. La pasión es el resultado de un compromiso con la vida y con los demás, no una elección narcisista de autocomplacencia, ni un “castigo divino” para redimir al hombre. Sacrificar es ofrecer vida a alguien, mediante la pérdida de una parte de la vida. Cuando sacrificamos un animal es para ponerlo en la mesa como alimento compartido. Jesús entrega su vida toda para dar vida. La víctima de su sacrificio no es otra distinta de Él mismo. Por eso es sacerdote y ofrenda, según la carta a los Hebreos. El sacerdocio cristiano está menos en el culto y en el rito, que en la entrega y el servicio. La ética cristiana no es la ética de la satisfacción de lo perfecto, arranca más bien del reconocimiento de la pobreza y de los propios límites y consiste, perseverando en el seguimiento, en hacer propias las palabras de aquel publicano que subió al templo a orar. “Señor no soy más que un pobre desgraciado”. Para concluir esta columna algo larga en abril , cito a Roberto Esteban Duque en La pasión de Cristo o la rehabilitación del cristianismo La entrega de Jesús nos hace “libres ya de cualquier pretensión para salvarnos por nosotros mismos. La relación del hombre con Cristo no es una relación determinada por el tiempo sino la relación con alguien que, perteneciendo a la eternidad, es inmediato a cada hombre. Mientras que exista el homo viator, su obra está por concluir, su pasión sigue viva. Mientras dure la historia no se ha consumado su misión y tenemos que revivirla para identificarnos con sus frutos: la paz y le perdón. El mundo está lleno de crucificados, que siguen ofreciendo sus vidas para dar vida, porque creen en la Vida. Eso es lo que debería, quizá, quedarnos como reminiscencia de la Semana Santa.

Es es un país de bomba de mecha

“Pero en un país como este en cualquier momento se enciende la mecha, es un país de bomba de mecha… Me da igual que los amos sean del PP, del PSOE, de IU o de Convergencia, me da la impresión de que hay una irresponsabilidad gigantesca. Y no veo cómo se puede resolver” Estas palabras del periodista Félix de Azúa, en una entrevista realizada por Juan Cruz (EPS 5-1-2014) dan idea de hasta qué punto se va consumiendo poco a poco una mecha que al parecer es bien larga, porque, a pesar de la rapidez con que suele arder la pólvora todavía no ha alcanzado el fuego de la mecha al explosivo. Todo el mundo se teme un estallido social; todo el mundo piensa que esto está a punto de reventar. Y no faltan razones para pensar en ello. El número de parados se rebaja de forma ridícula respecto del grueso de los seis millones de personas sin empleo. La desaparición de autónomos y pequeños empresarios constituye un goteo continuo que poco a poco deshace el empeño y la iniciativa de personas que tuvieron el valor de emprender la aventura de la innovación y se propusieron a sí mismos no vivir a cargo del porsupuesto sino aportar algo positivo a la tesorería y a la agencia tributaria. Pero ahora el mismo sistema que los impulsó a ese sacrificio y a esa aventura, constituye su ruina. La tesorería y la Agencia tributaria se han convertido en sus verdugos más temibles, exigiéndoles, como los viejos señores feudales, que paguen hasta el último céntimo aunque la crisis les haya arrastrado a la peor de las ruinas. Y los bancos no han hecho menos en el caso de desahuciar y embargar bienes, dejando en la mayor de las miserias a quienes contribuyeron un día a que este país progresara y creciera y a que los propios bancos tuvieran la oportunidad de pagar escandalosamente a sus gestores y consejeros con nuestro dinero hasta lograr llevar a los bancos a la ruina, que luego hemos remediado con recursos que salieron y seguirán saliendo de nuestros bolsillos Pero hay más razones. Aquellos que con nuestro voto ascendieron a unos puestos de gestión y responsabilidad no sólo nos han desengañado, sino que nos han robado, han defraudado a la Hacienda pública, se han llevado dinero a los paraísos fiscales, mientras los que hoy dirigen el país no tienen otro sitio de donde sacar dinero para la deuda que metiendo la mano en los bolsillos de los que andan apurados para llegar a fin de mes. Todos los que nos han gobernado en los últimos años nos han desgobernado obedeciendo las directrices de los poderes financieros y de las grandes corporaciones internacionales. Y además haciendo una política económica en busca de la competitividad que ha destruido todos los logros que nos hicieron sentirnos dignificados como personas y como ciudadanos. La pobreza ha cubierto ya más de la cuarta parte de la población y los ricos y los bancos arruinados están alcanzando poco a poco las mayores cimas de riqueza que hubieran soñado, gracias al expolio llevado a cabo sobre la clase trabajadora, Pero para que todo esto no reviente del todo, se alarga una y otra vez la mecha de la bomba con limosnas, caridad y una interesada solidaridad que detiene sólo temporalmente el avance de un levantamiento, de una explosión, esperemos que no violenta, para la que no somos capaces de unirnos, para lograr que sea el trabajo el que nos devuelva la dignidad perdida, porque el desempleo –pereciera que pretendido- lo único que hace es mantener al pueblo en una subordinación y un sometimiento obediente, aunque sea vendiendo su dignidad, como ya he apuntado otras veces, “por un plato de lentejas”. Y Antonio Muñoz Molina advierte en su reciente libro TODO LO QUE ERA SÓLIDO: “Hace falta una serena rebelión cívica(…) hay cosas inaplazables” 22.enero 2014