sábado, 20 de noviembre de 2010

Cómo lo veo, cómo los siento, cómo lo interpreto

No sé si era teoantropocósmico o cosmoteándrico o antropoteocósmico. Lo que entiendo cada vez más claro -aunque quizás más difícil de exponer sin contradicciones- es el papel central de lo humano en la concepción cristiano humanista de la religión, si es que la religión ha de constituir todavía una forma o una parte de la concepción relacional del hombre con el Misterio en el sentido más amplio personal o cósmico en que pueda concebirse ese Origen, Fuente, Trinidad, Misterio, Absoluto o Necesario…
A veces, desde la perspectiva en que trabajan las elites religiosas, no parece sino que Dios lo hace todo para su propia gloria, para su alabanza, escondiéndose tras esa concepción la idea de un Dios enamorado de sí mismo, necesitante de la gratitud, la alabanza, la adoración, la sumisión y, en definitiva, un Dios ególatra y vanidoso.
Por otra parte existe igualmente una concepción de Dios como un personaje absolutamente controlador de todo, manejador de los acontecimientos, dueño arbitrario de los procedimientos con que actúa o se mueve la realidad de la naturaleza. Un ser que permanece siempre por encima del bien y del mal. Pero que cualquier bien es motivo de agradecimiento o acción de gracias mientras que cualquier mal está concebido y consentido a la larga para que nos sirva como vehículo de corrección y perfeccionamiento.
Incluso un dios del favoritismo que cura a unos y a otros los abandona en su mal, o hace depender sus favores de la intensidad de las oraciones con que se le ruega que cambie el mal en bien. Lo más desconcertante es que pueda hacer saltar las leyes de la naturaleza, de la física, la química la biología o cualquier otra ciencia, mediante esa realidad llamada “milagro” que no debería pasar de ser la subjetiva apreciación positiva de un cambio en las condiciones favorables.
Una cosa es atribuir a cualquier acontecimiento penoso la posibilidad de que haga madurar al ser humano o robustecerlo en sus actitudes básicas ante la vida, y otra cosa bien distinta es atribuir a Dios el hecho de que los males nos son enviados por él para lograr esa misma madurez, y no más bien que nos suceden como algo inevitable y por tanto como algo que nos mantiene alerta para despertar en nosotros el espíritu de superación y de lucha, para fortalecernos y afianzarnos en convicciones firmes en relación con la eterna batalla por las migajas de felicidad que nos cabe esperar o conquistar en la vida, tantas veces hermosa y tantas veces ruin y miserable respecto de nuestras expectativas.
Acepto siempre la realidad espiritual y las diversas perspectivas desde las que cada uno ve, contempla o aprecia los acontecimientos cotidianos, pero me parece una extrapolación desconsiderada y excesiva –casi una aberración- meter a Dios o la voluntad de Dios en los acontecimientos como un hecho ontológico, y no más bien, como la valiosa apreciación personal con que se pueden valorar los acontecimientos de la vida, buscando, a través de la aceptación consentida, un valor para el propio devenir personal y para el grupo en que vivimos.
En un mundo en el que tiene tanto peso la miseria, el dolor, la injusticia, el egoísmo y la avaricia; en un mundo en el que las fuerzas de la naturaleza actúan como consecuencia de las leyes que inexorablemente las rigen; en un mundo de violencia consagrada por la presencia de grandes intereses, por las armas destructivas, etc. no tenemos derecho a inmiscuir a Dios caprichosamente como si manejara el mundo y a las personas como marionetas de un teatrillo al estilo de aquel de Maese Pedro.
Ni quito ni pongo, ni afirmo ni niego; pero invito a hacer una reflexión objetiva que nos ayude a todos a colocar ordenadamente cada realidad y cada pensamiento cargándolo de coherencia y tratando de mantener la armonía del universo sin interferencias artificiales o pseudo espirituales.
8 de agosto de 2010

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